TAUROMAQUIA. Alcalino.- Una mirada critica a San Isidro (II)

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Lo reventó todo un Antonio Ferrera sobrenatural, incorpóreo casi: la monotonía, los moldes y la feria. Un Antonio Ferrera llegado acaso del más allá para devolverle al toreo su condición de fuerza del espíritu, de arte con mayúsculas. Dicen que en la corrida del Montepío de 1917 –la corrida de “los dos solos”--, Juan Belmonte se sublimó de tal manera con el cierraplaza “Barbero” que los espectadores ni se acordaron de pedir la oreja del conchaysierra, y los que saltaron al ruedo se detenían ante Juan como pasmados, y sólo los más osados le palpaban tímidamente las hombreras del terno como si tocasen a dios, un dios al que ninguno se atrevió levantar en hombros. De modo que no culpo al presidente del sábado por haberle dado a Ferrera una tímida oreja ¡luego de un faenón que no es de este mundo, y de que estoqueó a “Bonito” citando desde siete u ocho metros para envainarle la espada en la suerte de recibir; y ya con el estoque dentro, meció una última tanda de naturales de ensueño, de absoluta locura! .

En cambio se apresuró a otorgarle las dos del cuarto, un “Cítaro” de embestida igual de dulce pero mansurrón y hasta rajado, con el que el extremeño volvió a bordar el toreo aunque sin la intensidad y la redondez anteriores. Y además su espada cayó baja. Ya era lo de menos. Como blasfemo sonaría contabilizar como una más su salida en hombros por la Puerta de Madrid. Lo sobrenatural no puede tasarse con los parámetros ordinarios. Porque no tiene precio, ni más premio verdadero que su propio, mágico y misterioso ser.

Luis David y los zalduendos Los toros de Bailleres, impecablemente presentados, incluían ese “Bonito” que supo a gloria por la templada clase con que repetía en la muleta de un Antonio Ferrera transfigurado. Negro y lustroso, será uno de los toros de la feria y valió por toda la corrida de Zalduendo, blanda y desigual, con un cierraplaza que buscaba el bulto y, cuando lo encontró le pegó con saña un par de puntazos a Luis David, que estaba cuajando meritoria faena; volvió de la enfermería con intención de finalizarla, pero lo traicionó reiteradamente la espada.

Todo lo contrario de Curro Díaz, también sin toros pero no sin estoque, el cual viajó certero en las dos ocasiones para sendas salidas al tercio.

Albaserrada. Un acierto del francés fue homenajear en mitad de la segunda semana isidril al mítico encaste, anunciando en días consecutivos tres ganaderías de esa sangre. Se cumplían 100 años justos del debut en Madrid de los toros del Marqués de Albaserrada con un encierro que hizo historia. Nada bien librado sale de esa efemérides nuestro Rodolfo Gaona, que se dejó vivo a “Barrenero”, el quinto, en su última y más tormentosa tarde madrileña –se refugió en los medios para eludir la cojiniza mientras el bravísimo burel, malherido, barbeaba las tablas e iban sonando los tres avisos de rigor (29.05.1919)--.

Esa corrida ha quedado como modélica de las virtudes de la cruza de ibarras con saltillos, vacadas ambas de la misma línea Vistahermosa, el más nutricio encaste del siglo de oro de la tauromaquia. Completaron aquel cartel Cástor Ibarra “Cocherito de Bilbao” y Julián Sainz “Saleri II”, dos perfectos segundones al lado de un Gaona en plena debacle moral tras su deplorable matrimonio con la Moragas; a Cocherito el abreplaza le pegó un cate y Rodolfo tuvo que apechugar con cuatro toros –el reglamento de la época obligaba al espada más antiguo a encargarse de los del compañero herido--. Evidentemente, la empresa no consiguió convencer a ninguna figura para que se dejara anunciar con los toros del marqués, famosos por su casta enteriza, dureza de pezuña y seca bravura.

¿Qué queda, al cabo de cien años, de ese cúmulo de virtudes, tan poco gratas a los “virtuosos” del toreo de hoy? Básicamente, las tres ganaderías anunciadas para el martes, miércoles y jueves anteriores en Las Ventas: José Escolar, Victorino Martín y Adolfo Martín, primo del finado Victorino Martín Andrés.

José Escolar. La divisa más modesta de procedencia Albaserrada lidió un encierro de serio cuajo, mucho nervio y poca bravura, descarados de pitones los más y sólo dos medianamente obedientes. Tarde complicada por el fuerte viento, y mantenida en vilo por la sincera entrega de la modesta terna encargada de darles pasaporte.

Muy valientes los tres –Fernando Robleño, Gómez del Pilar y Juan Sánchez--, sobresalió por su torerismo y naturalidad sin tacha la faena de Robleño al cuarto: todo lo hizo bien, pero a juicio del presidente la petición fue insuficiente y todo quedó en vuelta al ruedo. Gómez del Pilar se fue a portagayola en ambos y al final recogió dos salidas al tercio, y Sánchez antepuso a su finura natural los deseos del triunfo que necesitaba y que le negó su lote.

Victorino Martín. Por delante, una alimaña temible, que a Dios gracias se encontró con un torero tan hecho a esos trances como Octavio Chacón, cuyo segundo le permitió algunos pasajes muleteriles lucidos. Y de último, el único victorino que vino y fue con cierto son tras la muleta de Emilio de Justo, que es torero de moda en Madrid y se alzó con una oreja más relacionada con su esforzada faena que con el bajonazo que la epilogó. Fue el único premio de una tarde decepcionante para el ganadero y de simple reintegro para Daniel Luque, que mientras duró el segundo –poco-- trazó una faena acompasada y limpia, a tono con su buen corte torero. Salió al tercio, como Chacón en el cuarto.

Adolfo Martín. Si hubo un encierro que saliera por los fueros de los históricos albaserradas fue éste del jueves 30, compuesto por tres cuatreños y otros tantos cinqueños de pelo cárdeno, cuya bravura –lo mismo la de música suave que la estridente—deparó a los madrileños la tarde más genuinamente torera de lo que se lleva de feria. Con la desgracia de la grave cornada del sevillano Manuel Escribano, que la estaba armando con ese quinto toro cornalón y encastado, con un pitón zurdo de mucho cuidado –por ahí le avisó claramente antes de dársela--, y que intentaba redondear por naturales una faena de oreja cuando “Español” se le coló y le atravesó el muslo. Me extraña el escaso énfasis puesto por la crónica en la actuación de Escribano, que con este ejemplar estuvo hecho un señor torero, que ya en el segundo tercio había forzado la máquina quebrando dos pares tremendos en tablas, y luego desafió de largo al cárdeno para iniciar faena con estatuarios péndulos en los medios, para estructurar allí mismo una faena de mucha verdad, corriendo la mano en derechazos mandones y naturales de angustia hasta que en uno de ellos “Español” le perforó el muslo y le rompió la partitura.

Roca Rey y Román. La intriga de esta corrida se centraba en la segunda comparecencia de Andrés Roca Rey, al que el bombo de Simón le deparó un hierro que los mandones no quieren ver ni en pintura. De ahí el “No hay billetes” en las taquillas y la expectación por ver al peruano con animales ajenos al encaste Domecq, tan grato a la primera fila. ¿Superó Andrés la prueba más esperada del año? En principio sí, y hasta pudo desorejar al cierraplaza, petición desoída por el juez, que prestó más atención al pinchazo que a la masiva solicitud del tendido. “Madroñito” fue, lejos, el de embestida más pronta y caliente por su fijeza, acometividad y largura de viajes. Y Roca Rey se comportó a la altura, sobre todo cuando corrió la mano izquierda en series de más de seis muletazos larga y limpiamente ligados y rematados. Faltaron, claro, ese tipo de alardes en que pbliga a los toros a pasar por resquicios inverosímiles con una quietud enervante, un mando absoluto y su despierta inventiva. Pero fue faena de mérito y suficiencia torera.

Ahora que también es verdad que vimos a un RR más crispado y acelerado de la cuenta, tanto con el de su faena estelar como con el que no la tenía. Y que, si somos sinceros, lo mejor de la tarde lo hizo Román con el quinto del formidable encierro de Adolfo, una mole gris con más de 600 kilos, que sin embargo movilizó con son y nobleza –el hocico rozando suavemente la arena--, pero con el cual el joven valenciano se acopló como no creíamos que fuera capaz, hasta el punto de bordarle el toreo. Sobre la autenticidad de su valor nunca hubo dudas –le costó una voltereta y un puntazo pequeño de su primero, al que faenó con voluntad pero sin plan, pese a lo cual le aplaudieron fuerte--. Mas la sorpresa llegaría con el estupendo “Mentiroso” porque Román se ajustó a la distancia que el toro pedía –animal de nobleza amexicanada, en el mejor sentido del término—y enredado en esa lenta embestida ofreció el toreo más reunido, templado y caro de la tarde. Merecida de sobra la oreja luego de un estoconazo ligeramente contrario. Y es que cuando un torero de valor encuentra espacio propicio para el arte –toda su faena transcurrió en un palmo de terreno, sobre el tercio-- el toreo se vuelve una cosa muy seria.

Chispazos. Habrá que agregar que la oreja que paseó Paco Ureña sólo se explica porque Madrid siente por Paco especial consideración. Lo que no admite explicaciones es la presencia de El Galo, como si no hubiera en México novilleros capaces de representarnos con mejores argumentos. Una trastada más de Simón Casas a nuestra ninguneada torería.

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