TAUROMAQUIA. Alcalino.- Televisión y toros

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Los asiduos a los festejos taurinos, los seguidores de ferias y figuras específicas, los poseedores de derecho de apartado, no dudan en expresar su desdén por los "aficionados de televisión". Morante de la Puebla declaró hace poco que a él no lo televisan más, que la magia del arte no puede tener cabida en una pantalla, que el incesante parloteo de los relatores está bien para transmisiones de fútbol pero representa una imperdonable falta de respeto a la Fiesta.

Y ni hablar de José Tomás, primer baluarte de la oposición a las teletransmisiones. Y hasta contra el uso de la palabra por parte del torero, que es en la arena y frente al toro donde debe exponer cuanto tenga que decir. O callar para siempre.

Por supuesto, nadie en su sano juicio discutiría que entre presenciar una corrida o verla por televisión media un abismo. Un abismo hecho de olores, colores, sonidos y vivencias mil. Y del toro y el torero ahí mismo, al alcance de los sentidos y sensaciones del espectador directo, no a kilómetros y quizá continentes de distancia. Imposible, qué duda cabe, equiparar el sofá casero o la mesa de un bar con el graderío de una plaza, con todo y sus incontables pero benditas incomodidades. Hasta aquí, nada que objetar.

Sucede, sin embargo, que en estos tiempos no hay aficionado cabal que, llegado el caso, renuncie a “asistir” a una corrida aprovechando su transmisión por vía electrónica. Conozco incontables personas que fue así como empezaron a cobrar gusto por la Fiesta y terminaron convertidos en fervientes aficionados. Yo mismo fui una de ellas, con mis domingos infantiles y adolescentes nutriendo una precoz afición con las imágenes tele transmitidas desde la Plaza México o el Toreo de Cuatro Caminos, en temporadas grandes y chicas de los años sesenta, cuando la oportunidad de ver toros en mi ciudad se encontraba reducida al mínimo (dos o tres festejos al año… a veces ninguno). De suerte que puedo afirmar que lo ¿poco? que sé de la bravura del toro y del arte del toreo lo aprendí de maestros como mi abuelo, mi padre o mis tíos, y a través de la palabra de José Alameda, tan docta como sospechosa de sesgos complacientes, puntualmente señalados por mis mayores.

Además, Alameda repetía en video las faenas sobresalientes –de México y de España– en su programa "Brindis Taurino" del canal 4 los lunes por la noche. El complemento ideal para tales lecciones llenas de saber, sabor y placer lo representaba una inagotable sed de lecturas sobre el tema. Y estoy cierto de que el mío sólo fue un caso entre cientos.

UN POCO DE HISTORIA

Nuestro país fue pionero en el uso de medios de difusión como una manera directa de transmitir a distancia corridas de toros y de novillos. Así, el primer festejo cuyo relato fue detallado "en vivo" a través de la ondas hertzianas data del 7 de diciembre de 1924, novena corrida de la temporada en El Toreo de la Condesa, con Manuel Jiménez "Chicuelo" y Victoriano Roger "Valencia II" mano a mano y toros de Piedras Negras entre los cuales descollaría el sexto, "Hortelano", un berrendo en castaño cuya bravura y fiereza arrasó con la cuadra, desbordó a su matador y le hizo acreedor a la vuelta al ruedo como póstumo homenaje; fue Enrique Arzamendi quien tuvo a su cargo el relato de aquel festejo a través de las frecuencias radiales del Buen Tono (XEB). Y desde entonces, el país, desde cualquier punto de su geografía, pudo "asistir" a los festejos capitalinos en tiempo real, primero a través de la radio y al cabo de unos decenios también por televisión.

En cuanto a este medio audiovisual, México fue asimismo pionero, ya que, como casi todo mundo sabe, la primera prueba piloto de un control remoto televisado se efectuó desde la Plaza México con motivo de la novillada del 4 de octubre de 1946 –¡72 años ya!–, con Saúl Guaso, Roberto Muñoz Ledo y Joselito Ríos en el cartel y reses de Milpillas: Muñoz Ledo, herido, desorejó al quinto de la tarde.

Y de 1950 a 1969 no hubo absolutamente ninguna corrida, novillada o festival, en cualquiera de las dos plazas capitalinas –a El Toreo, geopolíticamente extramuros del Distrito Federal, acudía la afición de la metrópoli–, que no se televisara al resto de la república. Y en cuanto los avances electrónicos lo hicieron posible, también se proyectaron en la pequeña pantalla las corridas más postineras que programaban plazas como Guadalajara, León, Querétaro, Irapuato, Puebla…

¿Qué tanto contribuyó esa difusión masiva por televisión abierta a que todo México estuviera prendido de la fiesta y se hablara de toros y toreros en prácticamente cualquier momento y lugar, incluidos los más impensados? La respuesta tendrían que darla quienes, aficionados o no, coincidieron con el tiempo transcurrido de las temporadas últimas de Rodolfo Gaona a la llamada época de oro, y de la difícil transición que siguió a la retirada de las grandes figuras –de Armillita a Carlos Arruza– a la generación encabezada por Manolo Martínez.

Paradójicamente, los diestros que figuraron preponderantemente al lado del regiomontano se beneficiarían de la fortísima inercia taurina de sus antecesores, pues hay que recordar que fue precisamente Martínez, en contubernio con el empresario Leodegario Hernández, quien echó la televisión de las plazas.

La fecha precisa en que se coronó tan lamentable propósito fue el 19 de enero de 1969, cuando los espadas anunciados en la Plaza México, que eran Mauro Liceaga, Miguel Márquez, Fabián Ruiz, y el rejoneador portugués Pedro Luceiro, se negaron a hacer el paseíllo si las cámaras de permanecían apostadas en sitios estratégicos del graderío, listas para la transmisión habitual. Y como no hubo acuerdo, no hubo corrida, quedándose el malagueño Márquez sin confirmar su alternativa en el coso de Insurgentes.

Desde entonces, ha habido esporádicas y muy aisladas transmisiones de corridas de toros por televisión abierta, la última hace más de 20 años. La actual difusión de los festejos taurinos es exclusivamente por canales de paga, y sus seguidores los aficionados con fondos suficientes para solventar ese gasto… que por lo que se sabe son cada vez menos. Puede afirmarse con seguridad que el legado del antiguo fervor taurino de los mexicanos a las nuevas generaciones quedó hace mucho drásticamente interrumpido.

¿EN QUE QUEDAMOS?

De todo lo anterior pueden extraerse unas cuantas conclusiones, básicas pero suficientemente contundentes y claras:

1) Ni ambiental ni sensorialmente es lo mismo presenciar que ver un festejo taurino a través de la televisión.

2) Lo anterior no impide que el relato y la difusión audiovisuales del toreo –como la crónica y la literatura taurinas, también a la baja en nuestro país– contribuyan, de manera importante, a estimular el interés popular por la Fiesta, y a formar buenos y fieles aficionados.

3) Dicho lo cual no me cabe la menor duda que ver por televisión una corrida de toros con ojos expertos y reconcentrado interés autoriza a cualquier taurófilo de pro a emitir puntos de vista tan válidos y autorizados como si hubiera estado en la plaza. En este sentido, el déficit ambiental es perfectamente salvable poniendo a contribución la disposición, experiencia, responsabilidad y respeto que debieran caracterizar a todo testigo imparcial y honesto de la Fiesta, incluso si divulga sus opiniones por algún medio de difusión.

Así que con permiso de Morante y José Tomás, un paso decisivo e incluso urgente para que la Fiesta retornase a la escena pública –ya ve usted lo desatados que andan la taurofobia y el abolicionismo– sería el regreso de las transmisiones por televisión abierta, en México y en los demás países donde las corridas, aunque precariamente, aún se mantienen en pie.

Se trata, insisto, de defender hasta las últimas consecuencias un arte acerca del cual Charles Chaplin se expresó un día en los siguientes términos: "En las corridas de toros se reúne todo: color, alegría, tragedia, valentía, ingenio, brutalidad, energía y fuerza, gracia y emoción… Todo. Es el espectáculo más completo que he conocido".

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