TAUROMAQUIA. Alcalino.- San Isidro I

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En un abrir y cerrar de ojos se fueron ya trece festejos isidriles. Y salga como salga, con todos los peros que le pongamos –y le seguiremos poniendo--, San Isidro posee una impronta muy especial y un peso específico que no conoce par en la tauromaquia contemporánea. Intentemos explicarlo en versión 2019.

Roca Rey. Uno se ha cansado de leer y escuchar que “ahora sí” está haciendo el toreo “como debe ser”, no limitándose a arrasar con el escalafón a su heroica manera. Que hasta sus quites tienden a ser más sobrios y sus trazos muleteriles más clásicos y templados. Huele esa actitud a localismo más o menos velado, pues hace tiempo que el peruano marcó claras diferencias con el resto de la baraja y se convirtió en infalible imán de taquilla. Es como si el afán de los revisteros hipercríticos fuera dejar constancia de un torero poco cuidadoso de las formas y sólo atento a la espectacularidad.

Pamplinas: llevamos varios años viéndolo hacer cosas extraordinarias dentro de los registros más estrictos de la tauromaquia de su tiempo, y renovando el sentido de la lidia con personalidad y entrega descomunales: quites escalofriantes, novedosos enlaces de suertes, cites a distancia resueltos con frialdad y quietud inverosímiles; y muleta en mano pases de círculo completo, por delante o resueltos por la espalda, rematados sin reponer un centímetro con los de pecho hondísimos, monumentales; ceñimiento total, perfecto dominio de las distancias y, en general, una capacidad para repentizar y sorprender, ya sea de pie y de rodillas, que ha roto con la monotonía de la faena tipo.

Y todo esto en plazas como Sevilla, Madrid, Valencia, Pamplona… Y con toros como ese primero suyo, sobrero del Conde Mayalde, enorme de cuajo y pitones, que lo cogió terroríficamente al quitar por gaoneras causándole una herida menor en el muslo derecho. Así y todo, medio conmocionado, lo enfrentó y muleteó con el empeño, el sitio y la verdad acostumbradas –luego lo traicionaría la colocación de la espada--, sin mengua de su inagotable voluntad de triunfo, que se concretó clamorosamente con “Maderero”, el Parladé que cerraba plaza, otro toro grande y bien armado, de estilo y fuelle magníficos aunque no tanto como la faena de Roca Rey, más sobria de lo acostumbrado porque el torero estaba recién operado y con vendoletes que le daban un aspecto muy peculiar. Así, tomándose sus pausas entre tanda y tanda —largas, mandonas y templadas todas ellas, por ambos pitones, sin adornos especiales y rematadas con colosales pases de pecho--, aguantando en las estatuarias manoletinas finales con cite a distancia. Y colosal el volapié. Dos orejas, tumultuosa salida en hombros y la permanente promesa de ir a más, sin pausa ni techo, a la manera de las figuras que han escrito la historia grande del toreo.
Perera. “Pijotero” repetía con un celo y una clase descomunales y Miguel Ángel se ajustó con él en una faena larga, predominantemente derechista –por el otro pitón no hubo buen acople--, en la cual desmereció la última tanda de redondos, algo enredada. Faena inferior a la de Sevilla y premiada en exceso. Una oreja habría sido lo justo, como la gente se le hizo saber al hombre del palco por haber mostrado los dos pañuelos tan a la ligera.

Pero ojo con Perera: sabe, puede y quiere. Sin ser un favorito de la crítica podría convertirse en una de las figuras del año. En Madrid suma ya seis puertas grandes.

David de Miranda. Fue el suyo un triunfo muy de Madrid. Del Madrid sensible con los toreros marcados por la adversidad –lo que sabíamos de este nuevo doctor era que una cornada tremenda lo tuvo meses en dique seco--. Tomó la alternativa, de manos de El Juli, con “Molador”, de Juan Pedro Domecq, un retinto sin mayores posibilidades; pero toparía de últimas con “Despreciado”, que, por la hondura y continuidad de sus nobles pero no bobas embestidas competirá sin duda por las preseas al toro de la feria.

David estuvo con él como tiene que estar un joven que viene de la nada y aspira a abrirse paso. La alegría del juanpedro hacía contraste con su toreo parado y seco, sin una duda, demostrando que sabe correr la mano y gobernar embestidas codiciosas. Faena justa y tremendo el estoconazo. Era cuanto precisaba la plaza entera para agitar los pañuelos e insistir hasta que el presidente concedió el segundo trofeo, la puerta grande, el reverdecer de la esperanza para una fiesta necesitada como nunca de alicientes y novedades.

Luis David. Para el hidrocálido la cara hosca de San Isidro, representada por el palco de la autoridad y la dureza miope de escribientes y críticos. Suyos han sido los lances a la verónica más desnudamente puros en lo que va de feria --abierto el compás con naturalidad, suave y templado el vuelo del capote, ganando pasos hasta los medios sin saltos ni enmiendas–, si bien la armonía se rompió cuando el pretendido remate de una larga afarolada de hinojos, ante el frenazo del toro, salió precipitada y movida.

Noble sin más, este “Enviado”, el colorado segundo de una buena corrida de Montalvo, se prestó a un muleteo igualmente templado de Luis David, que incluyó, en dos tandas, varios de los mejores naturales de la feria por lentitud, plasticidad y enlace. Y como final, una gran estocada recibiendo que hizo pupa al castaño. La mejor de la feria hasta ahora. Naturalmente, el tendido se nevó, mas del palco no partió la menor señal de acatamiento. Hubo aplausos al cadáver de “Enviado”, protestas al veleidoso juez y ovacionada vuelta al ruedo para el torero. Su segundo resultó soso en demasía. Poco había que hacer.
Juez veleidoso, sí, porque le había dado la oreja del primero a un Ginés Marín que nunca rebasó los límites de lo correcto en consonancia con el nombre de un “Cumplidor” noble y repertidor, con su puntito de aspereza.

Joselito. Si a su hermano le fue como le fue, lo de José, constreñido por una mansada de El Tajo y La Reina rozó la intrascendencia. Sus fallas con la espada en el cuarto reflejaban más que nada desánimo. Creo que nunca debió aceptar un cartel como éste –al menos Román y Álvaro Lorenzo contaron en sus lotes con un bicho potable--, sin posibilidades de revancha acordes con su historial madrileño y su calidad de primera figura mexicana. Ni tampoco, dicho sea de paso, esa otra corrida en Los Barrios (día 19), en la que alzó solitaria oreja en una tarde en que se repartieron siete. Supongo que su insistencia en hacer campaña española en circunstancias tan desfavorables está inspirada en no perderle la cara y el son al toro de allá. De otra manera sería inexplicable. Para mí, lo es.

Ureña, Aguado y algo más. El lorquino Paco Ureña ha estado –día 24—más asentado y templado que nunca en Madrid. Sin histrionías, toreando de verdad a un juanpedro muy pastueño y otro no tanto, prodigando verónicas sentidas y naturales magníficos, pudo abrir por primera vez la puerta grande si, con más tablas, redondea mejor sus faenas. Vuelta en uno y la oreja del castaño “Milagro”. Entre las orejas menos justificadas está la que paseó el valeroso López Simón, que anduvo a los trapazos con un estupendo parladé.

Con Pablo Aguado se operó otro fenómeno típicamente madrileño. Había gran expectación por verlo luego del aldabonazo de Sevilla, y ante el sustituto de su inválido primero –cornalón y geniudo—anduvo literalmente de cabeza, pues a más de algún achuchón sufrió una cogida aparatosísima. Antes, en el toro de Luis David, había dibujado un par de verónicas de lentitud asombrosa. Y con el sexto, bueno, la faena fue muy celebrada, así su fino toreo resultara más enganchado de la cuenta, lo cual le importó poco a un público muy a favor. Que, si llega a meter la espada pronto, habría solicitado la oreja. Pero nada que ver con lo de Sevilla. Evidentemente, le pudo la responsabilidad.

El Cid se despidió de Madrid sin pena ni gloria pero con el cariño de la gente. El Juli, como Joselito Adame, no tuvo toros, pero a diferencia del hidrocálido dispondrá de una segunda oportunidad, lógicamente en cartel postinero. Y en la de rejones, a Sergio Galán lo perjudicó el palco al equiparar su magistral actuación ante un no fácil Bohórquez con el despliegue más espectacular que otra cosa de Andy Cartagena. Igualados en una oreja.

Riesgo y dolor. Las cornadas, huésped indeseable e infaltable del maratón isidril. Las han recibido, graves y dolorosas, dos modestos: Gonzalo Caballero y Juan Leal. El francés a cambio de una oreja a su estoica entrega con el toro de su confirmación, el hispano sin más fruto que la divulgación de su noviazgo con una infanta. Ojalá no haya más percances.

Mexicanos. Hoy lunes se presenta en Las Ventas el novillero yucateco “El Galo”. Y Luis David quemará su último cartucho el sábado 1, con Ferrera, Curro Díaz y los de Zalduendo.

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