TAUROMAQUIA. Alcalino.- Madrid, capital del toreo

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( Madrid vista en la óptica de una foto de La Razon )

No se discute la existencia de otras plazas cuya influencia está fuera de duda, pero la fuerza centrípeta de Las Ventas, su poderosa capacidad de irradiación, su arraigo en la conciencia de los actores y factores fundamentales de la Fiesta no admite comparación con ninguna otra potencia taurina del orbe. Sin Madrid y San Isidro, la tauromaquia de nuestros días estaría más desamparada de lo que ya está.

Esa fuerza emocional, mítica y taurina no procede específicamente de su voluble y caprichoso público, que es capaz de abrumar con sus exigencias a los toreros para, cualquier buen día, tremolar la bandera del triunfalismo con pueblerino entusiasmo; tampoco se debe a sus jueces de plaza (presidentes), cuya irritante disparidad de criterios, humores y tendencia al autoritarismo elemental los orilla constante y peligrosamente al ridículo; tampoco es que la empresa actual haya superado por completo los vicios de las anteriores, inclinadas al gigantismo y las falsas oportunidades a los toreros de segunda y tercera fila; ni siquiera descansa su grandeza en la de una crítica versada y rigurosa en principio pero en el fondo casada –por fortuna no toda-- con tópicos, filias, fobias y ninguneos muy notorios. En conclusión, que el efecto de la plaza de toros de Madrid, tanto el tangible como el simbólico, es mucho mayor que la simple suma de sus partes.

Todo ese variopinto coctel de alguna manera cuenta pero no basta para definir la fuerza decisiva de un coliseo y una feria como no hay dos en el mundo del toreo. Decir que San Isidro es la gran cita anual de la tauromaquia parecen una frase fácil, pero invoca una verdad incuestionable. Sin su isidrada anual y sin el peso ciclópeo de Las Ventas, la Fiesta andaría más al garete que nunca, carente de un referente sólido que la sustente.

S. M. El Toro.

Y es que público voluble, autoridad cerril, empresa atada a vicios, crítica anquilosada, todo eso y más puede pasar siempre que no falte el elemento fundamental. Si en México solíamos decir que “sin toro no hay fiesta, hay pachanga”, en Madrid el culto al toro que a veces se confunde con el torote-- es dogma de fe. Y qué mejor confirmación al respecto que este San Isidro de 2019, en que la importancia capital e incluso el vigoroso repunte de S. M. El Toro tornó a enseñorearse de la arena venteña. Lo hizo en sus dos vertientes, la del burel de toda la vida –todo casta, codicia, sensación de riesgo inminente, no pocas veces convertido en tragedia—y la más moderna –clase, fijeza, humillación, repetitividad--. Gran momento de la ganadería española éste que vivimos, en consonancia con el notable desarrollo de la técnica del toreo, asimismo omnipresente –otra cosa es la expresión personal del artista genuino--. Ahí ha quedado, sobre el ancho anillo madrileño, el crecido número de astados aptos e incluso de bandera que despacharon el mes último los toriles del coso de Las Ventas., lo advirtiesen o no con puntualidad toreros, público y presidentes (¡Ni una sola vuelta al ruedo para sus restos ordenaron los ocupantes del palco de la autoridad!... pero eso no quita que los hubiera magníficos, por no decir extraordinarios).

Breve balance astado. Sin posibilidades de agotar el tema, van los que este columnistas considera toros señeros vistosa durante el maratón isidril: “Pijotero” de Fuente Ymbro (Perera, dos orejas), “Cumplidor” de Montalvo (Ginés, oreja), “Enviado” de Montalvo (Luis David, petición y vuelta), “Ratero” de Parladé (El Cid), “Numerario” de Parladé (López Simón, oreja), “Maderero” de Parladé (Roca Rey, dos orejas), “Milagro” de Juan Pedro Domecq (Ureña, oreja), “Despreciado” de Juan Pedro (David de Miranda, dos orejas), “Director” de Victorino Martín (Emilio de justo, oreja), “Español” de Adolfo Martín (Manuel Escribano, cornada grave), “Mentiroso” de Adolfo (Román, oreja), “Madroñito” de Adolfo (Roca Rey, petición), “Bonito” de Zalduendo (Ferrera, oreja), “Cítaro” de Zalduendo (Ferrera, dos orejas), “Poeta” de Garcigrande (Ginés Marín, oreja), “Afortunado” de Garcigrande (Ginés, petición), “Garabito I” de Puerto de San Lorenzo (López Simón), “Riachuelo” de El Ventorrillo (Eugenio de Mora, oreja), “Carasucia” de Valdellán ( Christian Escribano), “Jabaleño” de Victoriano del Río (Ureña), “Empanado” de V. del Río (Ureña, dos orejas), “Tormentoso” de Santiago Domecq (López Simón) y “Zahareño” de Santiago Domecq (El Fandi). Además hubo encierros magníficos de La Quinta, Conde de Mayalde (novillada) y capea (rejones).

Sustos y cornadas. La verdad del toro auténtico --que habla de un trabajo concienzudo y altamente profesional del equipo de veedores de Simón Casas y de los ganaderos en general--, conlleva también el riesgo del percance, que puede ir del mero achuchón a la paliza inclemente o la cornada grave. Porque el toro de lidia entero en esencia, presencia y potencia siempre entrañará riesgos mortales. Eso, y la decisión de arrimarse de los toreros, prácticamente sin excepciones, hizo inevitables las cogidas, y hasta seis cornadas, grandes y graves. No es lo deseable, no lo busca ni espera el aficionado al acudir a la taquilla; tampoco hay por qué achacar tales desgracias a las exigencias de público y veterinarios. Los toreros, matadores y subalternos, lo tienen bien asumido, a cambio de lo que representa triunfar en San Isidro. Bendito empeño, que osa ponerle a la gloria el precio de la vida, contrariando abiertamente los designios de un siglo mezquinamente conservador. Nadie dude que Gonzalo Caballero, Juan Leal, Manuel Escribano, Román, Ritter, Hugo Saugar “Pirri” y Pablo Aguado –como Luis David Adame, apaleado y herido leve por un geniudo zalduendo-- se levantarán de sus percances y volverán a la línea de fuego como si nada hubiera pasado. Como lo hicieron, zarandeados pero ilesos, Diego San Román, Roca Rey, López Simón, Tomás Campos, David Mora, Paco Ureña y alguno más.

Las cornadas, afirman los toreros, equivalen a condecoraciones impresas en la piel. También, decimos nosotros, certifican la autenticidad de ferias y temporadas.

Desconfíe usted de esas largas series de corridas sin que la sangre torera manche taleguillas. Las hay que se repiten así, sin apenas percances, durante años y años.

Puerta demasiado ancha. Cinco matadores y tres rejoneadores traspusieron en hombros la anhelada Puerta de Madrid durante la isidrada que se clausuró ayer. Pero solamente dos en legitimidad y sin mediar discusiones: Andrés Roca Rey y Antonio Ferrera. Desde el supuesto contrario, se debatió la negativa a premiar con alguna oreja que, de haberse concedido, les habría franqueado el portón a Ginés Marín y al excelente rejoneador conquense Sergio Galán. Lo que significa que no faltaron más apéndices mal otorgados o que quedaran en el aire, por facilones unos y neciamente negados otros. Lo importante es que hubo toros, toreros y pasión, los tres ingredientes por los que suspira todo buen aficionado. Y que cuando mágicamente se conjuntan en apretados lapsos de diez minutos justifican con creces cerca de tres siglos de tauromaquia, condensados en las treinta y cuatro tardes de toros que conformaron este año la feria de San Isidro. Con su sabor a triunfo y tragedia. Y con no pocas gestas para el recuerdo, oscilantes entre la épica y la estética, el éxtasis y el drama.

Los toreros. Sumarísimo resumen: Paco Ureña acumuló cuatro apéndices y una puerta grande más bien pequeña, le sigue con tres una misma tarde Antonio Ferrera, dos de un toro cortaron Miguel Ángel Perera, Roca Rey y David de Miranda, y dos de una en una Ginés Marín. Con una oreja figuran los matadores López Simón, Emilio de Justo, Juan Leal, Román Collantes, Curro Díaz y Eugenio de Mora.

En cuanto a rejoneadores, los de dos orejas y puerta grande fueron Leonardo Hernández, Pablo Hermoso y Lea Vicens, en tanto paseaban un único apéndice Andy Cartagena, Sergio Galán, Joao Moura hijo y Joao Telles. En cambio, em ninguna de las tres novilladas celebradas se cortaron apéndices, aunque llamaron la atención el valor del queretano Diego San Román, el oficio del portugués Juanito y las buenas maneras de Fernando Plaza.

Ausencias que lamento. Además de la de Joselito Adame –lanzado al pozo de los leones en una única y supuesta “oportunidad”--, se extrañó a Alejandro Talavante, artista de culto y un clásico de San Isidro, y el excelentísimo y muy valeroso torero de Málaga Saúl Jiménez Fortes, a quien las secuelas de su último percance venteño no dejan por la paz. Y Morante, claro, pese a que suelen tener una suerte negra en Las Ventas. También merecía ser tomado en cuenta luego de sus magníficas actuaciones en Sevilla y en Madrid mismo el colombiano Luis Bolívar.
En cambio, sobraron varios nombres, incluidos algunos que hicieron tres paseíllos.

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