TAUROMAQUIA. Alcalino.- Historia de un cartel. La despedida de Rivera

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Antes de aquel 17 de febrero de 1957 se habían despojado del añadido en la Plaza México toreros tan grandes como Fermín Espinosa “Armillita”, Jesús Solórzano, Carlos Arruza, Silverio Pérez y Joaquín Rodríguez “Cagancho”. Cualquier cosa. Mas la despedida de Fermín Rivera estuvo rodeada de un halo muy especial. Y sus triunfales resultados sobrepasarían todo lo visto y vivido anteriormente.

La carrera taurina de Fermín Rivera Malabehar (San Luis Potosí, 1918-Ojuelos, Jal. 1991) no había sido precisamente fácil. A un arranque más que prometedor –amo de la temporada chica de 1935, alternativa con todos los honores cortándole las dos orejas al del doctorado, “Parlero” de Rancho Seco, para superar a su tocayo y padrino Fermín Espinosa “Armillita”, que cortó una, y al vallisoletano Fernando Domínguez (08.12.35)— le siguió esta cruda evidencia: podía más la fuerza taurina y taquillera de los cinco grandes –Armilla, Balderas, Solórzano, Garza y El Soldado, a los que se irían agregando Silverio, Arruza y Procuna--, y el potosino quedó confinado en una incómoda segunda fila, como tantos buenos toreros de entonces --los David Liceaga, Ricardo Torres, Paco Gorráez, El Calesero, Cañitas, Espartero, Gregorio García…--. Circuló el rumor de que, obligado a “pueblear”, su buen estilo inicial había experimentado paulatina transformación hacia el efectismo y la chabacanería. Igual pudo tratarse de un “bulo”, puesto en circulación por empresarios y apoderados en busca de pretextos que justificaran la ausencia de Fermín de las plazas y carteles estelares. En asunto es que de poco le sirvieron, durante sus primeros años de matador, faenas tan extraordinarias como la de “Miel en Penca” de Heriberto Rodríguez (Puebla, 16.04.39), sin duda la más clásica y completa de esa etapa de indefinición que se prolongaría por más de tres lustros. Y aunque en 1945 hizo en España una magnífica campaña, en su propio país los carteles estrella continuaron evitándolo y en la capital toreaba poco. Y eso que ganó a ley la Oreja de Oro de 1940, y que en cierta tarde afortunada les pegó un serio repaso a Armillita y Pepe Luis Vázquez (06.01.46).

Su despegue llegó cuando, en 1947-48, la torería se dividió entre dos plazas, la México y El Toreo de Cuatro Caminos, y fue ésta, hábilmente manejada por Antonio Algara, la que se quedó con los ases de la baraja. De golpe, los carteles capitalinos pasaron a encabezarlos toreros como Antonio Velázquez, Luis y Félix Briones, Gregorio García, el propio Fermín… Los que aprovecharon la ocasión fueron Rivera y Velázquez, magistral el uno, tremendista el otro y crecidísimos los dos, emparejados al cabo mano a mano con obvia ventaja para Antonio, que era quien suscitaba los mayores clamores y adhesiones con su estilo desgarrado, hasta descompuesto a veces. Fermín cortó tantas orejas y rabos como el leonés, pero era éste el que llenaba la plaza y quien emergió como figura.

Más consistente y torero, Fermín Rivera pareció ver llegada su hora con “Clavelito” de Torrecilla, al que cuajó plenamente en los tres tercios en una de esas faenas de recuerdo imperecedero (Plaza México, 11.02.51). Para el gran público, sin embargo, su consagración demoraría hasta la temporada de 1954-55. Ya había estado imperial y cortado apéndices a tutiplén el año anterior, en Cuatro Caminos, y ante la falta de nombres que aseguraran taquillas fuertes Alfonso Gaona finalmente accedió a darle trato de primerísima figura. Y con Emilio Ortuño “Jumillano” como competidor, obligarían al tozudo empresario a improvisar sobre la marcha un mano a mano de triunfadores en noche de sábado, ya que ambos tenían agenda llena, pues los cosos de los estados se los disputaban sin tregua. Esa temporada, Fermín estuvo irresistible, cortó varios rabos a plaza llena y ejecutó, con “Impresor” de Jesús Cabrera, la estocada recibiendo más templada, perfecta y pura que ha visto la Plaza México en toda su historia (27.03.55); ganó, además, la Medalla Guadalupana, que ese año reemplazó a la Oreja de Oro.

Aupando a lo más alto, cotizado como nadie en un momento en que los ases históricos de la Época de Oro estaban ya retirados, ese verano, toreando en Monterrey, sufrió un infarto al miocardio en plena corrida que frenó bruscamente su ascendente carrera. Tenía cerca de 38 años, tardó uno más en superar la enfermedad y se planteó, sensatamente, torear unas cuantas corridas de despedida en las plazas clave del país antes de un adiós a todo lujo en la Plaza México, corrida que ocupa nuestra columna de hoy.
Ambiente de acontecimiento grande. La noticia de la retirada de Rivera –que había vuelto a triunfar en la reciente Feria Guadalupana en El Toreo--, causó conmoción y expectación a partes iguales. En día soleado y sin viento, la México lucía absolutamente llena desde antes de las cuatro y la alegría, unida a la nostalgia, contribuyeron a exaltar aún más el ánimo de la multitud. Cuando acababan de partir plaza las cuadrillas de Fermín, Manuel Capetillo y el debutante onubense Antonio Borrero “Chamaco”, el público, puesto de pie, obligó a Rivera a dar una vuelta al ruedo. Aguardaba en toriles un fino encierro de Torrecilla que iba a resultar el más bravo y completo de la temporada.

Mejor que nunca. La apoteosis de Rivera empezó en el tercio, con unos lances al natural de limpio y acompasado trazo a “Juan Pirulero”, el precioso berrendo en negro alunarado que saltó a la arena en segundo lugar, un animal noble y pronto que no duró demasiado. Pero el potosino, en estado de gracia, hizo gala en todo momento de reposo, temple y sabiduría. Le habría cortado la oreja si no llega a pinchar. Se le aplaudió cariñosamente.

Al del adiós le puso “Clavelito III” el ganadero Julián Llaguno –amigo cercano de Rivera, torero de la casa--, en recuerdo de otros “Clavelitos” memorables y como anticipando que éste se sumaría a la lista. No erró, pues resultó un toro ideal, y probablemente la de Fermín haya sido la más dibujada y redonda de sus muchas faenas grandes. “Clavelito III” reunía en sus 436 kilos excelentes hechuras, que su fijeza y clase no tardarían en confirmar. Y el quite por gaoneras del artista potosino –cargando la suerte, ajustándose al máximo, desviando casi en medio círculo la noble embestida y templándola de principio a fin, con ganancia de terreno y señorial naturalidad— ahí quedó, en espera de que alguien lo iguale. Una espera de ya dura más de dos tercios de siglo. Inolvidable.

Tras iniciar de hinojos y avanzando hacia el tercio en cada pase su obra final, con qué suavidad y ajuste se deslizó la muleta riverista en cadenciosas tandas de naturales y derechazos, en los remates de pecho rotundos y en los sobrios adornos que engalanaron esa su última faena, con la plaza presa del delirio y sombreros revoloteando por la arena. Un volapié formidable confirmaría a Fermín como el mejor estoqueador de su generación –tan seguro como Arruza pero con mayor pureza de procedimientos--, y el tercer “Clavelito” en la vida torera de Fermín rodó fulminado para que se le cortaran enseguida las orejas y el rabo –trofeos más que justificados—y bajara desde su barrera a quitarle el añadido su padrino de alternativa, Fermín Espinosa “Armillita”, antes de que Rivera paseara su figura, revestida de blanco y oro, en despaciosas vueltas al ruedo, acompañado por todos los toreros y monosabios de esa tarde y por el propio Armilla, al que se sumaron en el homenaje otras figuras de antaño como Jesús Solórzano, David Liceaga y hasta un septuagenario Arcadio Ramírez “Reverte Mexicano”, además del padre del torero que se iba y a quien había dedicado Fermín, en sentido brindis, su memorable faena a “Clavelito III”, un ejemplar negro de pelo, bravo con los caballos y claro para el torero, aunque la última parte de la lidia, transcurrió entre el tercio y las tablas.

También Capetillo. La confirmación de alternativa de “Chamaco” se resolvió en agua de borrajas: tuvo un buen lote y no se enteró, y nadie le agradeció el rasgo de despachar a su segundo estando herido de escasa gravedad. Éste “Reinasolo” salió en cuarto lugar como una deferencia aconsejada por la precaria salud del torero que se iba.

Capetillo bordeó la apoteosis. Se encontró Manuel con un animal de arrastre lento –el cierraplaza “Romancero”—y se emborrachó de torear en un faenón de fantasía, preferentemente derechista, muy mal rematado con la espada. Pero su proyección de figura quedó esa tarde nítidamente dibujada.
La Plaza México no vería más de luces a Fermín Rivera que, sin embargo, volvió a torear al cabo del tiempo, espaciadamente y en plazas de los estados. La tarde final llegó en su natal San Luis y, como en la capital, a su último toro lo bordó y le cortó el rabo (01.01.64).

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