TAUROMAQUIA. Alcalino.- Historia de un cartel

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Se les conoció como “las corridas del millón de pesetas”. Ese fue el dinero que se embolsó Carlos Arruza por torear los dos festejos estelares de la feria de La Merced de 1952. Una suma no cobrada antes ni siquiera por Manolete. Tampoco, ni de lejos, por Luis Miguel Dominguín, que cubrió, en plan de atractivo principal, los festejos de los días 24 y 25 de septiembre que abrieron ese año la serie catalana. La Merced constituían una especie de gala final de la temporada en Barcelona, la ciudad que daba más festejos taurinos en todo el orbe, más que Madrid y México, que le seguían. Contaba entonces la ciudad condal con dos plazas espléndidas –la Monumental y Las Arenas-- regenteadas ambas por Pedro Balañá Espinós. Y Balañá se había empeñado en contratar a Arruza en la seguridad de que agotaría el papel con su solo nombre. La negociación con el apoderado Andrés Gago, transcurrió sin tropiezos, un simple apretón de manos selló el trato, y Carlos, que ese año no había toreado en España y acababa de cortar un rabo en Ciudad Juárez, se encontró con la novedad al llegar por la noche a su casa del DF.

Era el domingo 21 de septiembre y tuvo que apresurar los preparativos. Balañá acostumbraba los tratos de palabra y solía ultimar los carteles siguientes en el propio callejón, asegurándose en caliente la repetición del triunfador de cada tarde –Barcelona daba corridas regularmente domingos y jueves, aunque las extraordinarias podían tener lugar cualquier otro día de la semana. Así, Carlos Arruza se hizo tan ídolo de los barceloneses como lo fuera el Monstruo de Córdoba, rival suyo tantas veces: en la esplendorosa temporada de 1945, Balañá los emparejó mano a mano en tres ocasiones. Y normalmente hacían chuza de orejas y rabos. Fue el año más arrollador del Ciclón, que sumó 108 corridas en Europa y se limitó a esa cifra por puro sentido romántico de las proporciones: se había enterado que Juan Belmonte, en 1919, toreó en 109 ocasiones. Y decidió respetar la histórica marca.

En la Merced del año 52, Balañá, tal como tenía previsto, puso en las taquillas el cartel de “No hay billetes” las dos tardes de Arruza. La feria tuvo un estreno soso, como el encierro de Samuel Hermanos lidiado por Luis Miguel, Rafael Ortega y Antonio Ordóñez. Sólo hubo un toro bueno, el segundo, y el torero de la Isla de San Fernando le cortó las orejas. Era Rafael Ortega un artista de recia complexión, con mucha verdad y pureza de trazo, y en general poco apreciado por las empresas. Pero esa tarde del miércoles 24 de septiembre les dio una buena enjabona a los ases. Al día siguiente, Dominguín salió rabioso, sediento de desquite. Alternaba con Manolo Vázquez y Jumillano, toros de María Teresa Oliveira con un remiendo, el tercero, de Alipio Pérez Tabernero. Parece ser que los picadores excedieron el castigo –dos fueron sancionados--, restando fuelle al ganado y lucimiento al festejo. Pero Luis Miguel se sobrepuso y con “Barito”, el cuarto, tras un quite por faroles de rodillas, clavó tres pares al quiebro, prodigó desplantes al final de una buena faena y terminó cortándole la oreja. Hubo, el 26, una novillada intermedia que no pasaría a la historia y por fin, el sábado 27, a las 4:45, la esperada reaparición de Carlos Arruza.

Primera tarde del Ciclón.

El mexicano hizo destocado el paseíllo y fue recibido con una prolongada y muy cariñosa ovación. Y la corrida de Antonio Urquijo de Federico (494 kilos de promedio, hermosa y pareja de tipo) resultó ideal. Julio Aparicio le cortó las orejas al excelente segundo y una más al quinto, asegurándose la salida en hombros. Jumillano, que fue herido la muletear al sexto, le había cuajado a su primero una faena redonda, premiada también con dos orejas. Y Arruza, en plan de arrollarlo todo, recibió con faroles de hinojos y lances estatuarios al abreplaza, se comportó en ambos como el banderillero formidable que era –poderoso, alegre, templado, emotivo, segurísimo al clavar—e incrementó la efervescencia con dos faenas prodigiosas de emotividad, ajuste y maestría. Estoqueador proverbialmente certero, paseó las orejas del primero y las dos y el rabo del cuarto en incontables vueltas al ruedo. Había reconquistado Barcelona. Y en qué forma.

Dos crónicas. Para Don Ventura, reconocido escritor y crítico catalán, “Carlos Arruza fue saludado con una ovación atronadora y desde el primer momento hizo gala de una facilidad asombrosa que produjo verdadero estupor… Con capa, banderillas y muleta realizó todo lo imaginable… tuvo momentos inspiradísimos que se ovacionaron con auténtico frenesí, y cuando parecía haber cumplido su misión, mató de una gran estocada al toro sexto, por la cogida que sufrió Jumillano. Un triunfo, en fin, de verdadera apoteosis.” (El Ruedo, semanario. 2 de octubre de 1952, p. 21). Por su parte, el cronista de La Vanguardia (anónimo) señaló “Carlos Arruza respondió a lo mucho que de él se esperaba. Ha vuelto mejor, si cabe, que cuando nos abandonó. Siempre estuvo en su sitio, y en todos los tercios su arte y su inteligencia le llevaron directamente al éxito. Las reses de Urquijo contribuyeron a satisfacción.” (La Vanguardia, 28 de septiembre de 1952, p. 25).

Domingo 28: Arruza doctora a César Girón.

El primer sudamericano que levantó ámpula en España fue el caraqueño César Girón Díaz. Barcelona, de la mano de Balañá, lo había catapultado al resto de la península, donde arrasó ese verano y se ganó la alternativa. Y qué mejor que el otorgante fuese la mayor figura de América –y acaso del mundo—en aquellos momentos. Carlos, en su segunda comparecencia mercedaria, le cedió a César a “Farolillo”, de Urquijo –Gago impuso para su poderdante dos corridas del hierro de más prestigio en la España de los años 50—y al venezolano, de blanco y plata, le pudieron las prisas de primerizo. Pero con el sexto, ya más dueño de sí, impuso su estilo poderoso, elástico y resuelto en los tres tercios –lucidísimo el segundo, para cubrir el cual invitó a su padrino de alternativa—y terminó por cortarle la oreja. Como oreja cortó “Parrita” del toro que sería el de su despedida de los ruedos. Agustín Parra fue, fugazmente, el más fiel epígono de Manolete en la verticalidad y en el quedarse quieto y templar con mano lenta y baja. Pero nunca se repuso del todo de un cornadón sufrido en 1950 en El Espinar y optó por un retiro prematuro. Esa tarde septembrina estuvo muy bien con el último que lidiaba y hasta invitó a sus compañeros de cartel a compartir la ovación postrera.

En cuanto a Arruza… pero dejemos que sea Don Ventura quien lo explique: “Saboreó nuevamente las mieles del triunfo… No con su primero, que se vino abajo a las primeras de cambio… (aunque) lo banderilleó superiormente y lo mató muy bien. Con el cuarto, otro bicho carente de alegría, consiguió, a fuerza de encelarlo, una faena que arrebató de entusiasmo a los espectadores; vibró el diestro en su ansia de victoria y con sus adornos e improvisaciones llevó el alboroto al graderío, y ya no cesaron las aclamaciones de la multitud. Después de un gran pinchazo siguió deleitando a la misma con más filigranas, dio la estocada final y la gente se desbordó. Concesión de dos orejas, vueltas, apoteosis, etcétera.” (El Ruedo, 2 de octubre de 1952, p. 22) .

Para el cronista de La Vanguardia “con el segundo de Urquijo, Arruza se adornó y estrechó una enormidad al quitar. Y, rehiletero fácil y garboso ¡qué tres formidables pares colocó! ¡Y qué ovación le tributaron! Girón le devolvió los trastos de matar y encontró Carlos poco toro, (pero) como en la faena había eficacia, se le jaleó y la música llegó a tocar... (al final) hubo palmas. Estas crecieron en el cuarto al clavar Arruza un par suave y finísimo, otro, aprovechando guapamente una fuerte arrancada y uno más de bonísima ejecución. Brindó a «Parrita» y disipó por completo el enfurruñamiento del público con un muleteo adornado y torero, del que descollaron un pase cambiado y dos molinetes de rodillas, entre alborozo y música… En contra de la opinión del «cónclave» entró a herir, quedando la cosa en un buen pinchazo, al que siguió una nueva y más emotiva faena. Volvió a echarse el arma a la cara v arreó una estocada que tiró al cornúpeta patas arriba. Arruza y “Parrita” se abrazaron de nuevo cariñosamente… y el mejicano cortó dos orejas, que paseó en varias vueltas al ruedo bajo un clima de apoteosis.” (p. 18)
Fue ésta del 28 de septiembre de 1952 la última corrida que Carlos Arruza toreó en España. Había sumado, en tres temporadas mal contadas, nada menos que 196 paseíllos. Siempre, salvo muy al principio, en plan de primerísima figura.

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