TAUROMAQUIA. Alcalino.- Hablemos del toro

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A la vista de los tristes resultados de las corridas celebradas recientemente en Huamantla y Teziutlán cobra actualidad el tema del post toro de lidia mexicano. No es asunto agradable de tratar, pero se nos impone porque del toro depende no ya el futuro de la Fiesta, según suele decirse, sino su propio y desolador presente. No es casual que ciudades y plazas cuyas ferias movilizaban amplias capas de la afición regional, provocando espectaculares llenos en sus pequeños pero acogedores cosos, muestren ahora tendidos mustios y, al final, puras caras de velorio y lamentaciones relacionadas con el comportamiento del ganado. Adiós a la época en que lo que discutían los conocedores eran las precisas condiciones de tal o cual ejemplar especialmente encastado o noble, propicio o complicado. Hoy, hasta el espectador más lego puede darse cuenta de la falta de bravura que aqueja a encierros enteros, con excepciones cada día más escasas y limitadas siempre a tal o cual bicho que se salió del redil de la más sosa mansedumbre.

La situación es preocupante no sólo porque, al defeccionar el toro, las viejas sensaciones de emoción y riesgo inherentes a la Fiesta sencillamente desaparecen y eso explica en buena parte la pérdida de interés general por la tauromaquia. Pero además del negativo efecto económico, el predominio del post toro de lidia ha puesto a temblar todo el entramado: conlleva pérdida de sitio para nuestros toreros --obligados a fingir que torean a bichos con poco o nada que torear--, falsea la poca información taurina que va quedando –necesitada de inventar triunfos donde no los hay--, y exhibe a jueces de plaza no menos cómplices –dedicados a obsequiar apéndices con tal de medio maquillar la grisura dominante--. La Fiesta en México sobrevive aún, pero a costa de engañarse a sí misma y sin intentar poner remedio a las causas de su propia decadencia. No se termina de caer en la cuenta de que el toreo sin toro es un pésimo negocio. Prefieren nuestros taurinos atribuir todos

sus males a la corriente abolicionista de moda que, azuzada por un animalismo cerril y una incomprensión absoluta de la historia y el significado de la tauromaquia, oscurece el panorama. Cuando que, distractores aparte, si no reaccionamos con energía, más pronto de lo esperado no habrá manera de hacerlo.

Herencia extraviada. De España llegaron los toros, el arte de lidiar con su bravura y también numerosas formas de adulterar la esencia de la tauromaquia. Naturalmente, éstas últimas encontraron siempre amplia acogida y difusión por parte de nuestros calamitosos taurinos. Aun así, durante la mayor parte del siglo XX, México tuvo el talento de reconocerse a sí mismo en las interpretaciones y el sentimiento de sus propios toreros, que supieron desarrollar, asumir y enriquecer un acervo taurómaco inconfundible, a diferencia de otros países del continente americano donde el toreo quedó en manos de los taurinos hispanos, cuyo coloniaje, ilustrado por la frase “hacer la América”, incluyó el control total del espectáculo, hasta convertir las plazas y ferias sudamericanas en prolongación degradada pero rentable de la temporada española.

Una maldición de las que al parecer estábamos a salvo hasta que, hacia finales del siglo XX, las empresas nativas decidieron sudamericanizarse y depositar el destino de nuestras corridas y temporadas en presuntos ases iberos, incapaces de devolver el interés general por el toreo –quizás porque, aquí, ellos solamente admiten lidiar chivos y borregos--, pero eficaces contribuyentes a la progresiva degradación de nuestra tauromaquia, con los toros, toreros, prensa y afición nacionales incluidos.
Los deplorables resultados están a la vista. ¿Tendrán alguna posibilidad de revertirse? .

El ejemplo español. Hubo un tiempo en que entre el toro mexicano y el español no había más diferencia que la tópica de “más violento y corpulento aquel; más pastueño y ligero el nuestro”. Aunque la realidad, claramente constatable, es que ambos obligaban a torear bien para que el toreo brillara. Y herían al parejo –no olvido aquel febrero de 1964, con el manchego Pedrés, el murciano Miguelín y el sevillano Diego Puerta gravemente heridos y coincidentemente recluidos en el sanatorio de los toreros del DF. Es más, en distintas épocas, las crónicas hispanas lamentaron las continuas caídas de sus astados, mientras los toritos mexicanos, en su mayoría, seguían embistiendo y repitiendo como si nada.

Pero a partir de los años 70, mientras en España se reglamentaba la marca del año de nacencia como garantía de edad y el tamaño de las reses se iba para arriba –incluso excediendo los límites aconsejables--, aquí, bajo el influjo poderoso de Manolo Martínez y las figuras de su tiempo, se desarrollaba una fiesta puramente ornamental, con ganado no sólo joven y pequeño, sino seleccionado en función de una toreabilidad uniforme y bobalicona. Esta conspiración en contra de la bravura también se desarrollaba en España, con otro ganado, claro, pero atendiendo a idénticas tentativas de toreros y apoderados. Europa subvencionaba la cría de todo tipo de ganado, España conoció su propio milagro económico y las corridas rebasaron la frontera de los 1000 festejos mayores en los felices años que precedieron al estallido de la burbuja inflacionaria, lo que ocurrió en la península ibérica antes que en Wall Street. Poniendo en jaque todo el entramado taurino español.

Fue entonces que los ganaderos, forzados por el derrumbe económico resultante, cambiaron radicalmente de táctica. No se trataba ya de rebajar el casta a gusto del cliente sino de salvar la nave que zozobraba. La crisis económica redujo tanto el número de corridas –se lleva años sin llegar a 400--, como la afluencia de público. Y los que sacaban boleto exigían algo más que diversión fácil: toros y toreros de verdad. El resultado es que, tras mucho trabajo y no pocos experimentos ganaderos, la temporada europea lleva varios años lidiando toros y encierros de presentación magnífica y bravura de la buena, comparables con los mejores de la historia. Este mismo año,

El ejemplo español. Hubo un tiempo en que entre el toro mexicano y el español no había más diferencia que la tópica de “más violento y corpulento aquel; más pastueño y ligero el nuestro”.

Luis David, oreja en San Sebastián. Fue el mismo viernes, en la tercera corrida de feria y con el mérito adicional quie significa triunfar en una plaza de primera. Muchas garantías no ofrecía los de Torrealta pero, imponentes de presencia, funcionaron bien. Y los toreros salieron a comérselos: el francés Juan Leal abrió tanda dando una vuelta al ruedo y al cuarto le cortó la oreja. Román estuvo valientísimo aunque poco eficaz con los aceros.

De Luis David escribió Barquerito que “dejó probada su destreza en el manejo del capote, tan privativa de los toreros mexicanos de escuela”, y más adelante que “se ganó una (oreja) por la estocada formidable que cobró recibiendo al tercero”.

Y otro paisano, el rejoneador Emiliano Gamero, de interesante campaña europea por cosos menores, salió en hombros en Villarcayo, Burgos, al lado de Andy Cartagena, que había cobrado cuatro apéndices por dos del mexicano, en corrida de mano a mano.

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