TAUROMAQUIA. Alcalino.- Decir adiós en la México

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La actual temporada grande ha traído, como nota inusual, hasta cuatro corridas cuyos carteles anunciaban formalmente la despedida de los ruedos de otros tantos espadas. Con la de Federico Pizarro son ya 39 las ceremonias de adiós verificadas en la Plaza México a partir de la protagonizada por David Liceaga el 2 de febrero de 1947 (otra cosa es que quienes se cortaron el simbólico añadido hayan mantenido a través del tiempo la decisión de no torear más). De modo que el reciente cuarteto de retiradas casi consecutivas marca un hito en la historia de la Monumental.

Tradicionalmente no eran muchos los diestros que se despedían formalmente. Lo hacían únicamente quienes ostentaban un nombre y un historial reconocibles, lo cual no obsta para que bastantes toreros importantes se apartaran de la profesión sin pasar por el nostálgico rito. A los públicos siempre los ha sacudido emocionalmente el adiós de un torero y era usual que su solo anuncio provocara asistencias masivas, pues el aficionado a toros siempre fue particularmente sensible y tardes tan señaladas marcaban con una muesca agridulce su intimidad afectiva. Treinta y nueve despedidas, ni una menos, ha presenciado la México en sus 73 años de vida. Y de ellas, más de un tercio (15) en el siglo presente. Ya sin tendidos llenos, y sin que el recuerdo de las glorias y reveses del protagonista vibre en la memoria de las mayorías. Queda apenas la emoción particular que inevitablemente sacude a los allegados al hombre que viste por última vez el terno de luces. Para el resto es una corrida más.

De los cuatro diestros homenajeados en el coso de Insurgentes con motivo de la última corrida de su trayectoria vamos a dejar aparte a Juan José Padilla. No porque sea menos digno de atención que los otros tres –todo hombre que elige tan peculiar manera de autorrealización personal es digno del mayor respeto… a menos que con sus actos se traicione a sí mismo y a la Fiesta--, sino que, al haber transcurrido en España la mayor parte de su andadura profesional, queda al margen de las consideraciones que a continuación se expondrán, mismas que han marcado a fuego a la tauromaquia nacional en los tres últimos tres decenios.

Generación sin rumbo. Los tres mexicanos que acaban de retirarse se doctoraron en los años 90. Más antiguo El Conde (Pachuca, 09.10.93), más nuevo Garibay (Torrejón de Ardoz, 03.10.99), y muy próxima a la de Alfredo Ríos la alternativa de Federico Pizarro (Juriquilla, 27.11.93), los tres se encontraron con un medio que lejos de aprovechar sus cualidades e impulsar sus prometedoras carreras los sometió al ninguneo y el desgaste característicos del tiempo mexicano que como matadores de toros les ha tocado transitar. No sólo fue el vacío de bravura ligado al monocorde post toro de lidia mexicano, que conspira contra la emoción y la pureza del toreo, sino el que alejó a la Fiesta de la escena pública del país –donde había reinado por más de una centuria--, expulsada a fuerza de golpes bajos por la incompetencia y sordidez empresarial, la dejadez cómplice de las autoridades y hasta la ausencia de incentivos por parte de una prensa escrita y hablada alguna vez rica en personajes cuya elocuencia, saber y pasión movían multitudes, pues cada cual con su sello y carácter supieron promover el interés de la gente por los toros y animar filias y fobias en crónicas y debates llenos de vitalidad, sabor y color.

Abandonados a su suerte, las últimas generaciones de toreros nuestros han sido condenadas a vagar y divagar sin rumbo fijo, privados de la posibilidad de amacizar un estilo propio, adquirir el sitio que da proyección e impulso a las figuras y desprender ese brillo que atrae partidarios numerosos y crea seguidores furibundos. Categorías ambas desterradas --¿para siempre?—de la insulsa tauromaquia de nuestros días. La que, para su mal, les ha tocado vivir a tantos toreros nuestros con posibilidades nunca suficientemente desarrolladas.

Una generación sin rumbo que los capitalinos Federico Pizarro y Nacho Garibay y el jalisciense Alfredo Ríos “El Conde” representan muy dignamente, ayer en los ruedos y hoy en la historia.

La noche interminable. Decía José Ortega y Gasset –palabras más, palabras menos-- que la marcha de la fiesta de toros era un espejo fiel de la historia mayor de su país. En el nuestro, la etapa neoliberal arranca con la carta de intención, apegada al Consenso de Washington, que el Fondo Monetario Internacional le impone en 1983 al presidente De la Madrid, quien la rubricó con tanta irresponsabilidad como la que había animado en los sexenios previos al frívolo López Portillo y al siniestro Luis Echeverría. Y, tal como Ortega premonizara, las desgracias de la fiesta brava han discurrido en paralelo a las que a partir de entonces se empezaron a cebar sobre México, provocando su paulatino vaciamiento económico –en beneficio de unas élites insaciables y corruptas--, cultural –la colonización anglosajona y en nuestro caso hispana en pleno—y moral –con la avidez materialista y el pensamiento único como divisas--.

Lo dice uno y parece que habla no del país sino de su renqueante tauromaquia.

Todas las despedidas. A la fecha, en la Plaza México se han despedido formalmente 38 matadores de toros y un rejoneador.

La relación es la siguiente: David Liceaga (02.02.47), Fermín Espinosa “Armillita” (03.04.49), Jesús Solórzano Dávalos (10.04.49), Carlos Arruza (22.02.53), Manolo dos Santos (22.02.53), Silverio Pérez (01.03.53), Joaquín Rodríguez “Cagancho” (24.01.54), Fermín Rivera Malahebar (17.02.57), Alfonso Ramírez “Calesero” (20.02.66), Jorge Aguilar “El Ranchero” (11.02.68), Manuel Capetillo Villaseñor (26.02.68), Humberto Moro (31.01.71), Joselito Huerta (28.01.73), Luis Procuna (10.03.74), Paco Camino (01.04.78), Manolo Martínez (30.05.82), Eloy Cavazos (10.03.85), Jaime Rangel (05.05.85), Manolo Espinosa “Armillita” (23.02.92), Curro Rivera (15.11.92), Pedro Gutiérrez Moya “Niño de la Capea” (05.05.95), Antonio Lomelín Migoni (18.02.96), José Mari Manzanares (09.02.97), Miguel Báez Spínola “Litri” (12.12.99), Eloy Cavazos (16.12.01), José Ortega Cano (17.12.03), Manuel Caballero (21.11.04), Miguel Espinosa “Armillita” (12.12.04), Rodolfo Rodríguez “El Pana” (07.01.07), Jorge Gutiérrez (04.02.07), Manolo Arruza (18.11.09), Manolo Mejía (02.12.12), Rafael Ortega (05.12.13), el rejoneador Rodrigo Santos (18.12.16), Eulalio López “Zotoluco” (14.02.17), Ignacio Garibay (18.11.18), Juan José Padilla (16.12.18), Alfredo Ríos “El Conde” (23.12.18) y Federico Pizarro (13.01.19).

Es decir, 31 mexicanos (incluido el centauro potosino Rodrigo Santos) y ocho españoles –Cagancho, Paco Camino, Capea, Manzanares padre, Litri, Ortega Cano, Manuel Caballero y Juanjo Padilla--… de los cuales únicamente 13 honraron su palabra de no volverse a vestirse de oros y sedas para partir plaza nuevamente. Vale la pena mencionarlos: Solórzano padre, Carlos Arruza, Silverio, Jorge Aguilar, Humberto Moro, José Huerta, Procuna, Rangel, Manolo “Armilla”, Litri, Manolo Arruza, Manolito Mejía y El Zotoluco; con los cuatro recién idos habrá que abrir prudente paréntesis, en espera de que el tiempo confirme o deseche la realidad de sus respectivas despedidas. Habrá, eso sí, que desearles toda la suerte del mundo en su renovada condición de ciudadanos comunes.

Nótese, en cambio, que nunca se despidieron formalmente espadas tan notables como Antonio Velázquez, Luis Briones, Rafael Rodríguez, Jesús Córdoba, Juan Silveti, Alfredo Leal, Raúl García, El Callao… todos los cuales habían llenado más de una vez la México.

Muy pocas en La Condesa. Es fama que el Toreo de la colonia Condesa fue escenario de los mejores tiempos del toreo en México, de las glorias del Califa de León Rodolfo Gaona al esplendor de la época de oro comandada por los Armilla, Garza, Balderas, Solórzano, El Soldado, Silverio y Arruza, al lado de ídolos hispanos de la talla de Chicuelo, Cagancho, Domingo Ortega y Manolete. Pero en su ruedo las corridas de despedida fueron pocas; y de ellas, solamente dos realmente memorables, la de Rodolfo Gaona (12.04.25) y la de Pepe Ortiz (14.03.43), pues poca vigencia tuvo la de Lorenzo Garza (21.03.43) --en plena madurez y orillado por serias desavenencias con el atrabiliario y todopoderoso Maximino Ávila Camacho—; otras dos hubo, de trascendencia menor: la de un ya casi inactivo Juan Silveti Mañón (01.05.42) y la de Paco Gorráez (27.02.46). Y ninguna más.

De modo que el auge de las corridas de adiós corresponde más bien a la Plaza México. Y mucho más en el presente siglo que en el anterior –con 15 de las 39--, al grado que, en los primeros 20 años de vida del coso de Insurgentes, solamente sumaron ocho los ceremoniales cortes de coleta a los acordes de Las Golondrinas.

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