TAUROMAQUIA. Alcalino.- Blancanieves, película de toros

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En 2012 obtuvo, de 18 nominaciones, diez premios Goya –el equivalente hispano del Oscar--, lo que no impediría numerosas manifestaciones de repudio, aunque poco concurridas, ante los cines españoles donde se exhibía (es bien sabido que a la taurofobia lo que menos le interesa es el arte y lo que más escandalizar y reclamar atención). Nuestro paisano Daniel Giménez Cacho está que ni pintado en uno de los papeles protagónicos –el del matador Antonio Villalta--, y la joven protagonista Macarena García crea una insólita Blancanieves torera. Y en el tradicional rol de la Madrasta está estupenda la estupenda Marbel Verdú –dos veces estupenda, sí-- por algo premiada con el Goya a la mejor actriz del año. Como lo fue Macarena por el jurado del festival de San Sebastián.

Además de suponer una recreación libérrima del cuento infantil atribuido a los hermanos Grimm, esta Blancanieves tiene la particularidad de haber sido filmada en blanco y negro siguiendo los cánones del cine silente de los años veinte, cuidadosamente recreados en lo técnico, lo ambiental y en lo taurino. La idea y su ejecución son de Pablo Berger, cineasta bilbaíno que reconoce en las corridas de toros una “misteriosa danza con la muerte” que lo empujó a buscarles acomodo en la sintaxis y la estética cinematográficas, cosa que logra a cabalidad, superando sin duda en estructura, originalidad y nivel global a la cinta francesa El Artista, inaugural de esta modalidad retro.

En tan peculiar versión del cuento de los Grimm, el castillo del príncipe soñado se convierte en un cortijo andaluz; el difunto rey, padre de Blancanieves, en un torero muerto en vida, luego del percance que lo dejó paralítico la tarde culminante de su carrera; se transforma en Madrastra la ambiciosa y maligna enfermera que atendió al torero herido durante su larga estancia en el hospital y que luego, dándose mucha maña, terminó por casarse con él aprovechándose de la muerte de su esposa, desangrada en el parto en que daría a luz a su única hija, la futura Blancanieves, a la que hostigará de continuo antes de ordenar a uno de sus sirvientes que se deshaga de ella perdiéndola en el bosque. Y los enanos del cuento son nada menos que una cuadrilla real de Enanitos Toreros que descubre y rescata a la chica, medio ahogada en un arroyo, y terminarán incorporándola a su espectáculo, del que va a resultar al fin y al cabo la atracción principal, pues ha heredado de su padre el genio del toreo.

La Madrastra, caracterizada por un maltrato sádico a la niña (Sofía Oria: lindísima, toda una revelación), se deshace finalmente del marido paralítico lanzándolo escaleras abajo; pero antes, Antonio Villalta, a hurtadillas, le ha podido transmitir a su pequeña hija los secretos de la tauromaquia que lo hizo famoso. De modo que cuando la joven es salvada por los enanos e incorporada a su grupo trashumante, Blancanieves está lista para convertirse en la sensación taurina de España. Empero, la Madrastra, que asiste desde el tendido a su tarde consagratoria en la plaza “La Colosal” de Sevilla –la misma donde ocurrió el percance de Antonio Villalta--, primero paga al enano envidioso que nunca falta para que le suelten “por error” un toro con toda la barba en lugar del utrero previamente destinado a la chica, y finalmente, cuando a pesar de ello Blancanieves triunfa clamorosamente y consigue indultar al astado, tratará de que muerda la manzana envenenada que obsequiosamente le lanzó cuando daba la vuelta al ruedo. Como es natural, al ser descubierta, la villana infame intentará escapar. La escena final --ambigua, inquietante y sugestivamente erótica--, es el digno cierre de una obra redonda.

Me guardo el desenlace pero no el elogio de esta singular película ni la recomendación para que el lector la busque y disfrute cumplidamente. Encontrará en ella un finísimo producto cinematográfico que destaca tanto por la calidad de las actuaciones –un elenco de tipos idóneamente elegidos y de un nivel histriónico parejamente sobresaliente— como por la fidelidad y el sabor de la recreación de época urdida con gran cuidado por Pablo Berger y su equipo, esa tercera década del XX en que la tauromaquia y el cine definieron sus líneas maestras como dos de las artes más características del universo estético del siglo.
Críticas. Elogiosas en abrumadora mayoría, no faltan sin embargo reprobaciones gratuitas como la de Jorge Ayala Blanco en El Financiero (“fantasiosa españolada de pandereta con matadores y manolas… antipática retrovanguardia hipotética…”) o la del crítico del diario bonaerense Página 12 (“fábula a la cual le falta sustancia, riesgo, y tal vez un poco de sentido de subversión”); es decir, un mexicano antitaurino militante y un argentino tan ajeno al mundo de los toros que la trama de la película pareció no decirle nada.

En cambio en España, Blancanieves fue saludada sin prejuicios (!!!) y los comentarios desbordan elogios tanto en la capital como en las autonomías, incluida Cataluña. Véase si no: Luis Martínez (diario El Mundo) “Pablo Berger firma una obra maestra con Blancanieves… un milagro silente…”; Luís Bonet Mujica (La Vanguardia, Barcelona) “Aparte de su fascinante poder visual, la película combina maravillosamente el humor negro, la sátira social y un tono cercano al gran cine expresionista alemán”; Irene Crespo (Cinemanía) “Muda, en blanco y negro… y obra maestra… No es El Artista, es mejor”.

Más sorprendente es que en países donde no hay toros los comentarios positivos se impusieran. Así, Peter Bradshaw (The Guardian, Londres) la consideró “una película muda maravillosamente misteriosa y erótica…”; David Rooney (The Hollywood Reporter): “Una original reinvención andaluza de Blancanieves… afectuoso homenaje al cine mudo europeo de los años veinte…”; Diego Lerer (MicropsiaCine.com, portal argentino): “Una extraordinaria primera parte… un ejercicio de mucha mayor resonancia emocional e imaginativa que su famosa hermana mayor francesa…”; Fernando López (La Nación, Buenos Aires): “Todo menos un cuento de hadas para niños. Melodrama teñido de humor negro, con acentos trágicos… una historia de desdichas y amores que abreva de otros viejos cuentos”; Lucero Solórzano (Excélsior): “Un viaje por la magia de las imágenes que se acerca al cine en su estado más puro”. Y así sucesivamente… Lo que vale el saber y la solvencia crítica cuando no está salpicada por los prejuicios de moda.
Blancanieves, gran película. Ideal como regalo de Reyes.

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