TAUROMAQUIA. Alcalino.- Al filo de la navaja

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El hilo del Damocles abolicionista se sigue adelgazando y ya casi es incapaz de sostener la espada que pende sobre nuestras cabezas. Primero diezmó los circos, dejando a la capital a merced de las plásticas piruetas del Cirque du Soleil –para quien pueda pagarlas--, exactamente como si estuviésemos en Las Vegas. Y hace unos días, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a instancias de los verdes veracruzanos, ha dictaminado en contra de los galleros y su ancestral cultura en los términos siguientes: “Es constitucional la prohibición de las peleas de gallos porque se trata de una medida idónea y necesaria para garantizar el bienestar animal”.

Naturalmente, la taurofobia en pleno se relame los bigotes y está dándole vuelo a una perla escondida en el Título Segundo --“Carta de los Derechos”-- de la Constitución para la Ciudad de México, que entró en vigor el 17 de septiembre último y donde figura, bajo el apartado B del artículo 13, la Ley de Protección a los Animales. Allí se puede leer que “Esta Constitución reconoce a los animales como seres sintientes y, por lo tanto, deben recibir un trato digno. En la Ciudad de México toda persona tiene un deber ético y obligación jurídica de respetar la vida y la integridad de los animales… sujetos de consideración moral…”.

¿Significa esto –el dictamen de la SCJN contra los gallos y la ley de protección a los animales de la CDMX-- que la pinza se cerrará inexorablemente, y que tras la prohibición a circos y palenques pronto tocará turno a las corridas de toros? Lo que yo entiendo es que estamos ante la segunda llamada, y que hoy, más que nunca, urge que taurinos y aficionados establezcamos una estrategia integral coherente en defensa de la Fiesta, con argumentos sólidos que abarquen los campos legal, político, económico, ambiental y cultural. Si no lo hacemos ya, efectivamente los días de la tauromaquia están contados.
Historia y cultura. El primer capítulo de dicha estrategia debería incluir los aspectos estéticos pero asimismo históricos que respaldan a la tauromaquia como una pieza firmemente consolidada dentro del patrimonio cultural de México, por cierto riquísimo e igual de amenazado que la tauromaquia por la fuerza expansiva y mercantil de la globalización anglosajona.

La historia de nuestro país –como dijera Ortega y Gasset de la de España—tampoco podría entenderse sin las corridas de toros. Marchan en paralelo, con símbolos y valores intercambiables entre sí. Lo cual significa, de paso, que la corrida de toros es para nosotros una tradición y no es una simple costumbre. Y como toda tradición auténtica –como debieran saber pero por lo visto ignoran tribunos y legisladores—, es producto de la unión de un relato mítico de base, respaldado por una ética cuyos valores exalta y estimula, y un ritual cargado de simbolismos, donde dichos valores morales han de actualizarse rigurosamente (razón por la cual existen los reglamentos taurinos). El hecho de que tanto el rito como el mito incluyan un acto sacrificial –como la misa católica, pongamos por ejemplo—no lo degrada en forma alguna; por el contrario, refuerza, más que en ninguna otra tradición, su núcleo argumentativo. “En el caso del toreo hay algo que me llama la atención porque, hasta donde sé, me parece un rasgo peculiar, sólo en él presente: la distancia entre el sacrificador y el sacrificado se acorta y aun se adelgaza al punto de que los roles pueden invertirse… El que se sacrifica, el que es sacrificado, está ahí en lugar de otro, de un colectivo cuya vida se quiere preservar. Una muerte que es también una redención… El hombre frente al toro. El hombre frente a la fuerza, la belleza y aun la pasión de la naturaleza que quiere permanecer. El torero sale a matar pero teme, teme equivocarse, pone en riesgo su vida”. Esta reflexión, debida al enorme talento de Raúl Dorra –argentino y mexicano sin tacha, pensador, literato y humanista de altura, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y de la Academia Mexicana de Ciencias, Investigador del SNI de nivel III--, concluye así: “Justamente porque no soy aficionado, estoy convencido… de que sería triste que nuestra cultura, ya bastante entristecida, se quede sin los toros”. Tal como dejó escrito en su prólogo del libro “Ofensa y defensa de la tauromaquia”.

Aspectos legales. La SCJN se ha pronunciado acerca del bienestar animal como un derecho que la Carta Magna ampara. Por su parte, la flamante Constitución capitalina invoca deberes éticos y responsabilidades morales hacia los animales en virtud de que se trata de “seres sintientes”. Bien o mal, son pronunciamientos con carácter vinculatorio. Pero esto, me explican abogados amigos que consulté, podrían objetarse desde la propia jurisprudencia, ya que: 1) cualquier jurisperito sabe que sólo pueden ser sujetos de derechos quienes sean capaces de asumir las responsabilidades correspondientes; 2) prohibir los toros implica un acto de censura explícita, cuando que en las democracias liberales, el marco jurídico de sus constituciones tiende a expandir y no a limitar la libertad de los ciudadanos para la ejecución o disfrute de las artes y espectáculos de su predilección; 3) la propia Constitución Política de la CDMX incluye en el inciso D de su artículo 13, bajo el rubro “Derechos Culturales”, el párrafo siguiente: “Toda persona, grupo y comunidad gozan del derecho irrestricto de acceso a la cultura. El arte y la ciencia son libres y queda prohibida toda forma de censura”.

¿No es acaso el toreo una singular y muy refinada forma de arte, presente desde hace siglos en la cultura mexicana? ¿Y no es censura abierta lo que la turba taurofóbica pretende ejercer contra el grupo o comunidad que cultiva el amor por ese arte y su marco natural, que es la corrida de toros? De modo que este mandato, contenido en la recién estrenada Constitución, representa otro argumento firme para la defensa de la fiesta.

Y aun habría que revisar por lo menos dos aspectos en que la defensa a ultranza de la salud animal –cotidianamente violentada en criaderos destinados al abasto, experimentos clínicos, contaminación del aire, el suelo y el agua, urbanizaciones que arrasan ecosistemas con la bendición oficial y maltrato doméstico en diversos grados y variedades--, no es aplicable a los toros: A) el empleo del término “tortura”, que no cabe en el caso del toro de lidia porque torturar significa agredir a un ser indefenso para extraerle alguna confesión o por puro placer sádico; y B) la frase “maltrato animal”, pues el toro de lidia debe ser el animal en confinamiento que dispone de mayor libertad espacial y mejores cuidados sanitarios a lo largo de su vida en la dehesa.

Así que ni “tortura” ni “maltrato animal” tienen que ver con la especie bovina que tan preocupados tiene a los animalistas desinformados.

El toreo como arte. Las expresiones artísticas son, por definición, no utilitarias. Su única razón de ser la creatividad en estado puro y, por lo tanto, su sentido se encierra en cada una de ellas, intraducible a términos materiales de productividad y eficiencia, que son ajenos a su esencia. Su realidad profunda es cualitativa, no cuantitativa, y si ocupan un espacio físico, su contenido estético es inmaterial, tiene que ver con lo más recóndito, original y libre del alma humana. En sus meditaciones sobre el toreo, el filósofo catalán Víctor Gómez Pin afirma que “no peca con respecto a las demás artes por defecto (de sutileza o de rigor) sino por exceso (de radicalidad y ambición)… Lejos de que el torero deba apuntar a ser fundamentalmente artista, fértil sería para el artista intentar reencontarse a sí mismo tomando modelo en la siempre frágil figura del torero.”

Ecología y ciencia. Un elemento argumentativo más: el toro de lidia criado en México, según ha revelado el estudio científico patrocinado por la SGARPA en 2016 y firmado por la doctora Paulina García Eusebi, revela que el genoma del toro de lidia mexicano corresponde a un desarrollo particular, producto del cual es una cepa genética de riqueza propia e irreplicable; se trata, pues, de una especie endémica del país. Por este solo hecho, y de acuerdo con los estatutos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que son vinculantes, los bóvidos que pastan en nuestro campo bravo se harían acreedores a protección por parte del gobierno mexicano, como estado miembro de dicha organización.

Pero también, en oposición a lo que sostienen el ecologismo amateur y el animalismo radical, la corrida de toros es un elemento favorable a la biodiversidad y los ecosistemas. La razón es de fácil acceso a cualquier mente desprejuiciada y desprovista de mala fe: la desaparición de las corridas implicaría no sólo la del toro de lidia mexicano, sino también de los hábitats que lo alojan, que son ecosistemas ricos en fauna y flora, oxígeno y agua indispensables para la vida y el medio ambiente, permanentemente amenazados por urbanizaciones extensivas que más pronto que tarde ocuparían su lugar.

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