TAUROMAQUIA. Alcalino.- “Calita” y otros regalos de Reyes

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El 6 de enero pasado los escasos asistentes a la Plaza México pudieron saborear algunos de los muletazos más hondos, largos y sentidos de la presente temporada. El responsable fue un diestro casi desconocido –Ernesto Tapia “Calita”—que en el universo de los jóvenes postergados por el sistema ha sido de los más ignorados, carente de influencias entre la gente del toro local y sin la venia de los apoderados españoles, que son los que autorizan o inclusive señalan con quiénes han de alternar sus pupilos para despachar los torillos que asimismo eligen a dedo con colonial prepotencia.

Responsable de haber obsequiado a la afición capitalina –lo que queda de ella—con una tarde completísima de artista y de torero, “Calita” no es, sin embargo, el desconocido novato como mucha gente creyó. Hace diez años Sevilla lo había declarado triunfador de su ciclo tradicional de novilladas sin caballos, y si tuvo que regresar al país fue porque tampoco allá encontró “apoyos” que le abrieran las puertas de una temporada en forma --debutó con poca suerte en Madrid y ahí acabó todo--; su alternativa la tomó en la Plaza México, dejando excelente impresión entre los buenos aficionados (22.11.09): no le sirvió de nada porque, como hemos visto, las empresas lo relegaron sin miramientos. Y por mucho que pese escribirlo, tampoco lo realizado con los ranchosequeños “Epifanio” y “Melchor” –dos toros de verdad—garantiza que volvamos a verlo pronto, ni en Insurgentes ni en casi ningún otro lado. No sería raro, estando las cosas como están.

Día de Reyes, fecha venturosa. Pero no siempre fue así y, además, los días en torno al 6 de enero poseen un carisma especial, también para la fiesta de toros. El sentido de gratuidad, la gracia de lo sorpresivo han salpicado con cierta asiduidad la temporada grande capitalina. Sobre todo si el espíritu de los Reyes Magos lo extendemos al día 5 –la mágica noche de Reyes—y al 7, cuando la explosiva felicidad que trae la fecha venturosa aún está en expansión y alcanza con su luz a niños y grandes. Vean si no.
1923, Gaona. Con El Toreo lleno de público y expectación partieron plaza Rafael Gómez “El Gallo”, Rodolfo Gaona y Manuel García “Maera” para despachar una corrida de Atenco. Fue la famosa tarde de “Curtidor”, al que el Califa de León le cortó el rabo después de una faena de las suyas, aderezada además con inusual toreo izquierdista. Hasta el gitano Rafael se había inspirado con el primero, “Pajarito”, aunque falló al matar. No así “Maera”, valientísimo sevillano, que había sido banderillero de Belmonte y alzó la oreja del sexto, “Queretano”, en premio a su agreste pero sincera entrega.
1930, Márquez y “Cagancho”. Ya gozaba don Joaquín Rodríguez del máximo cartel en México, y lo confirmó haciendo de las suyas con “Tirano”, el cuarto, al que dio lidia redonda, inclusive en celebrado par al quiebro cuando por única vez cubrió aquí el segundo tercio. Naturalmente paseó los máximos apéndices. Como el madrileño Antonio Márquez tras finísima faena con “Murciélago”, el tercero de La Laguna.

1935, “Armillita”. Fermín Espinosa y Domingo Ortega alternaban mano a mano por tercera vez en El Toreo. Otro aliciente era el debut de Xajay, vacada queretana que sirvió un corridón propio para maestros. Pero fue el mexicano el que encendió la plaza con la completísima lidia que dio a “Barrendero”, el imponente abreplaza. Y le cortó el rabo.
1936, David Liceaga. Entró al cartel en sustitución de Armillita –enfermo-- y se hizo el amo de la tarde gracias a la triunfal lidia del quinto, “Risquero”, astado de gran trapío y enteriza casta al que desorejó. Los de La Punta aconsejaron prudencia a los medrosos artistas hispanos Cayetano Ordóñez “Niño de la Palma” y Fernando Domínguez.

1941, Jesús Solórzano. El domingo anterior “Cobijero” había matado a Alberto Balderas. La reacción solidaria de la torería fue instantánea, y se alistó, en beneficio de los deudos del “Torero de México”, un festejo de siete toros que agotó el papel. El cartel lo encabezó –para despachar uno de San Diego—Conchita Cintrón. Y el que se llevó el gato al agua con los de La Laguna fue el Rey del Temple, que armó un alboroto de oreja y rabo con “Ceniciento”. Alternaron con él Armilla, Carnicerito, Silverio, Arruza y Andrés Blando.
1945, “El Soldado”. Era la primera temporada hispanomexicana después de ocho años y los de La Punta habían hecho sudar la ropa a Luis Castro, Silverio y Pepe Luis Vázquez cuando el de Mixcoac decidió obsequiar un sobrero de San Mateo. Fue así que saltó a la arena “Famoso”, toro de bandera con el que cuajó Luis la faena de su vida. Vuelta al ejemplar de don Antonio Llaguno y salida en hombros de Luis con los máximos trofeos.

1946, Fermín Rivera. Impulsado por una exitosa campaña española, el potosino, de cartel más bien discreto, encontró cabida en una terna fuerte. Y favorecido por el mejor lote de de Pastejé salió a oreja por toro –“Almejito” y “Jabaíto”--, yéndoseles por delante a los ases de una combinación que llenó El Toreo: Armillita –lucido solo en banderillas-- y Pepe Luis Vázquez, que dio una vuelta al ruedo a la muerte de su primero.

1952, Velázquez y Martorell. Como buen cordobés, José María Martorell derrochaba entrega toro a toro. Y una tarde que nació torcida la enderezó a última hora cortándole las orejas a “Choclito”, el 6º bis, un parche de Peñuelas. Antonio Velázquez, que no se dejaba de nadie, anunció uno de regalo –“Sonajero”, también peñuelense en tarde nefasta para Piedras Negras y Chucho Córdoba—y a fuerza de arrimarse le tumbó la oreja.

1957, Capetillo. Un debate radiofónico había enfrentado al tapatío con Antonio Ordóñez, que acababa de cuajar su célebre faena al sanmateíno “Cascabel” en la feria Guadalupana de El Toreo. Manuel le confirmó la alternativa a Luciano Contreras y cuajó con el quinto “Rasposo”, al que mató mal, la faena por la que El Redondel lo proclamó “mejor muletero del mundo”. Fue el único de Torrecilla propicio y ni Antonio ni Luciano tuvieron su tarde.

1963, Joselito Huerta. Estaba el poblano que echaba lumbre ese año, y si al suave abreplaza “Esmeraldo” no lo desorejó por culpa de la espada, con “Macareno”, de seca bravura, estuvo hecho un señor, con clamorosa petición de rabo cuando le entregaron las dos orejas. Alternó con Paco Camino --bien toreando y mal con la espada--, y Felipe Rosas, que pasó sin pena ni gloria ante un buen encierro de Chucho Cabrera.

1968, “Finito”. Manuel Capetillo confirmó esa tarde a Ricardo Castro, fino y olvidado torero de Torreón. Pero el escándalo lo formó Raúl Contreras con “Sonajero” de Torrecilla. Y le cortó el rabo con un toreo izquierdista recio, mandón y de mucha hondura.

1973, Curro Rivera. Los de Javier Garfias, terciados y pastueños, no estaban deparando muchas emociones cuando Curro Rivera, que a puro tesón alzó la oreja del sexto, anunció que se encargaría del sobrero anunciado como regalo por Palomo Linares, luxado y en la enfermería. Fue así que se encontraron, con la México llena en su totalidad, Curro y “Horchatito III”, de gran nobleza, para que su toreo largo y enjundioso alcanzaría su mejor expresión. Faena de rabo y paseo en hombros hasta el hotel. Manolo dio vuelta en el 4º.

1974, Manolo y Mariano. El de la Viga toreó hasta cansarse al sexto de José Julián pero el indulto de “Abarrotero” provocó controversia. No así el rabo simbólico que paseo Mariano, cuya enorme faena unificó criterios. Martínez había cobrado dos orejas de “Obelisco” tras tener petición con “Fresnillo”, en tarde gris de Josemari Manzanares.

1997, Pedrito de Portugal. Aunque ya el otorgamiento de apéndices se había relajado mucho, las cuatro orejas paseadas por el portugués premiaron un par de faenas de fino trazo y buen remate. “Palmerito” de Marco Garfias y “Nochebueno” de Carranco traían el pasaporte de su notable éxito. Mariano Ramos y Arturo Gilio no pasaron de discretos.

2007, “El Pana”. Poco que agregar a la feliz eclosión del Brujo de Apizaco con “Rey Mago” –al que bordó pero mató a la tercera—y “Conquistador” –dos orejas--. Aquello fue el acabose, nadie que lo haya visto habrá podido olvidarlo y Rodolfo Rodríguez completó hasta siete delirantes vueltas al anillo, como los triunfadores de la época de oro. Con su personalísimo estilo había cuajado a dos excelentes y voluminosos ejemplares de Javier Garfias, en tanto pasaban de puntitas sus alternantes Rafael Rivera –hijo de Curro—y el catalán Serafín Marín, al que Rodolfo le confirmó con “Gordo” su alternativa española.
2008, Morante. Victorioso el de la Puebla de su mano a mano con El Pana: desorejó a “Miguelito” y “Lumbrerito” de Los Ébanos mientras Rodolfo, que se dejó vivo al segundo suyo, pasaba a la enfermería con una cornada grande infligida por “Consejero”, el quinto.

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