Joselito Huerta, Ordoñez, El Viti, Juan Pedros , Málaga. !!Qué tiempos! en la mirada de Alcalino

Mensaje de error

Deprecated function: The each() function is deprecated. This message will be suppressed on further calls en _menu_load_objects() (línea 579 de /var/www/html/sitetendidoWork/includes/menu.inc).

En Málaga, Andalucía se enrosca sobre el Mediterráneo en una especie de vuelco sobre sí misma suspendido en su caída. Ciudad finamente alegre, como sus bellísimas mujeres, inicia desde la propia costa ese ascenso hacia la serranía donde Ronda ofrecerá la otra cara, más severa, de una provincia bendecida por el sol y el agua. En Ronda vivió Rilke, el poeta romántico, y en Ronda nacieron Cayetano Ordóñez “Niño de la Palma” y también Antonio, el más preclaro de sus hijos toreros.

Cada verano, nada más despuntar el tórrido mes de agosto, Antonio Ordóñez bajaba a la Malagueta –plaza de toros luminosa y torera—para animar los carteles de una feria que cuenta desde siempre entre las más favorecidas por el éxito sobre la piel del toro. Quizá porque, a nivel del mar, las embestidas nobles se suceden en oleadas y los toreros refrescan sus respectivas tauromaquias de cara a la brisa salobre y se explayan con más gusto que en cualquier otro coso. De modo que, durante la feria malagueña, rara es la tarde que no se presenta el sabor del cante grande por soleares o la alegría contagiosa de la coplilla, entonados por capotes y muletas. Y todo ello sin el triunfalismo forzado de cosos y públicos menores, más bien como en armonía con un cielo de oro y azul.

Vicente Aleixandre, premio Nobel de literatura 1977, espíritu mediterráneo nacido en Sevilla que en Málaga se hizo hombre y poeta, la cantó como “Ciudad prodigiosa, que en la mente de un Dios emergiste… Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela a la ciudad voladora entre monte y abismo, blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso que nunca arriba… Luna grande. Sol puro. Allá el cielo eras tú, ciudad que en él morabas. Ciudad que en él volabas con las alas abiertas”. Así la recordarían algunos mexicanos que en la Malagueta posaron y sazonaron su arte: Gaona, Armillita, Arruza, incluso Manolo Martínez y Eloy Cavazos. Y, desde luego, Joselito Huerta, el León de Tetela de Ocampo, que en 1965 obtuvo la Oreja de Oro de la Asociación de la Prensa local, destinada al triunfador del espléndido ciclo malagueño, en que también habían cortado rabos Antonio Ordóñez y El Cordobés. Pero una vez discernido y otorgado al mexicano el simbólico trofeo, José nunca lo tendría en sus manos porque nadie se acordó de enviárselo ni lo citó para hacerle una entrega pública. Y quién sabe si Manolo Martínez llegaría a tener el suyo, correspondiente a la feria del 69, luego de cortar cuatro orejas y dos rabos en una de las tardes de su vida (05.08.69), alternando nada menos que con Antonio Ordóñez y Santiago Martín “El Viti”, toros de María Pallarés.

La feria del 65. Así como en 1928 Fermín Espinosa “Armillita” --inspirado acaso por la luz de la Malagueta, su exuberante mujerío y su sensible afición--, fue capaz de vencer en quites a dos prodigiosos artífices del primer tercio como El Niño de la Palma y Curro Puya, José Huerta Rivera (1934-2001) se sobrepuso a dos artistas de la talla de los Antonios Bienvenida y Ordóñez para alzarse con la presea destinada al triunfador de una serie de ocho corridas. Era el 5 de agosto de 1965, cuarto festejo de una feria en cuyos carteles se entreveraban los nombres de Paco Camino, Diego Puerta, El Viti, El Cordobés, Curro Romero, Fermín Murillo… Casi nada, casi nadie. Pues por encima de todos ellos prevaleció aquel año el torerismo y el arte del legendario diestro poblano.

Excelentes juanpedros. Ya la feria marchaba por el camino del éxito, según es usual en Málaga, cuando, precedidos por el rejoneador y ganadero jerezano Fermín Bohórquez Escribano partieron plaza las cuadrillas de Bienvenida, Ordóñez y Huerta, bajo un calor africano y el que les brindaba la multitud que colmaba el coso. Sonaba la alegría del pasodoble, interpretado por una de esas bandas magistrales que siempre han tenido asiento en la Malagueta y todo parecía favorable… pero había que torear. El rejoneador aportó un aperitivo con buqué de solera añeja hasta que delegó el final de la trama a un sobresaliente con la espada mellada.

Pero un encierro magnífico de Juan Pedro Domecq –magnífico por hechuras, bravura y nobleza— iba a abrirle la puerta al mejor festejo que Málaga vio en mucho tiempo.

Bienvenida y Ordóñez, en gran plan. De Antonio Bienvenida solía decirse que fuera de Madrid se achicaba. Eso sería cuando toreaba en el norte, porque Andalucía siempre le sentó bien, según demuestra su selecto repertorio de faenas memorables de Sevilla, Jerez o El Puerto. Y en Málaga, esta tarde, no falló, a sus anchas con el noble primero, al que toreó con gusto, reposo y naturalidad, de modo que a la oreja concedida se sumó no poca petición de un segundo apéndice, denegado por la presidencia. Luego se toparía con un animal bronco, el lunar del encierro, del que se deshizo con facilidad.

Antonio Ordóñez estuvo cumbre, algo usual en él cada vez que bajaba a su Málaga. Dos orejas le cortó al segundo de lidia de a pie, astado suave y repetidor al que muleteó por nota y despachó de pinchazo y estocada. Y dos y el rabo al quinto de la tarde, flojo con los caballos y algo huidizo, por lo que primero tuvo que sujetarlo mediante sapiente lidia para aprovechar después su docilidad en una faena despaciosa y larga que puso a la plaza en ebullición. En su salsa, el hijo de Cayetano se sublimó, y la clásica estocada en el rincón abrió paso a la apoteosis.

¿Cómo es, entonces, que el jurado de la feria, necesariamente inclinado al rondeño, no lo votó como claro vencedor en la lid por la Oreja de Oro en disputa?

Huerta dice la última palabra. El poblano ya le había cortado un apéndice a su primero pero había que recalcar el triunfo, en un clima que llamaba a la emulación pero que a muchos les habría encogido el ánimo. “Ya es difícil sostener un ambiente tan cuajado de arte”, escribió a ese propósito el cronista Manolo Castañeta… “ya es difícil arrebatar a un público tan arrebatado de antemano. Para un torero de tanta calidad, de tanto dominio y de tan positivo valor, estas dificultades no existían. Así, el mexicano, sacando todo el caudal de su valentía y de su arte, se alza sobre la gloria que anda por el ruedo para destacar y brillar de un modo impresionante.

Joselito Huerta, largo, amplio, poderoso, con una elegancia suprema, con su estilo claro, luminoso y magnífico, cuaja una obra tal que lo coloca en la cumbre de una fama que ya el mexicano tiene bien ganada en su tierra y en ésta. Sus finísimos, suaves y elegantes lances de capa, sus magníficos quites por gaoneras y chicuelinas, y sus dos faenas, estupenda la primera y extraordinaria la última, suman expresiones artísticas de inestimable valor. Hay en ellas ligazón, armonía, temple y variedad. El torero juega a la perfección las dos manos toreras y pone en todo una calidad que no es frecuente ver. Ambas faenas tienen el remate de grandes estocadas y Joselito Huerta corta una oreja al tercer toro y las dos y el rabo al último, con vueltas al ruedo, saludos reiterados y la salida en hombros.”
}
Hasta ahí el relato de un cronista español, cuyo entusiasmo desbordado no difiere gran cosa del demostrado por otros colegas suyos al referirse a la campaña de José Huerta en 1965, la última de su vida en España. Así, por ejemplo, Alfonso Navalón, destacado por El Ruedo a la feria de julio en Valencia, escribió, de la corrida del Conde de la Corte que lidió alternando con Julio Aparicio y Antonio Ordóñez, que “su capote fue la nota de verdadera clase que hubo en la tarde”(26.07.65). Dos días antes, allí mismo, Gonzalo Carbajal apostillaba: “El ciclo de nueve corridas se abre con el día de México, con el triunfo de muy alta ley de Joselito Huerta, torero de larguísimo temple… el más completo, el más artista de cuantos vinieron de tierras aztecas en los últimos tiempos.” (Pueblo, 25 de julio de 1965). Y durante la feria madrileña de Otoño, donde, alternando con Antoñete y José Luis Barrero, toreó Huerta su penúltima corrida en plazas españolas recorriendo dos veces el anillo –a vuelta por toro—una vez que el palco desatendiera la doble petición de oreja, otro comentarista hispano, Juan de Asenjo, señaló que “el mexicano ejecutó un gran quite por fregolinas, el mejor que hemos visto esta temporada.” (Esto, 5 de octubre de 1965) .

Y no podía faltar, desde México, la combativa pluma de Juan Pellicer Cámara –Juan de Marchena—para enfatizar una verdad menos incómoda en aquella época que en la presente. El mejor juez de plaza que ha tenido la México, hermano del laureado poeta Carlos Pellicer y tabasqueño como él, no se resistió a este rotundo comentario: “Volvemos a afirmar que, en igualdad de circunstancia, Huerta tiene tantas posibilidades de triunfar como el que más tenga entre la torería española. Esta última demostración malagueña no deja lugar a dudas. Lo único que necesita José Huerta es que le den lo mismo, en cuanto a toros, que a los ases de allá. Lo demás corre por su cuenta…” (Esto, 12 de agosto de 1965).

Numeralia. El León de Tetela tomó la alternativa en Sevilla (29.09.55, con Antonio Bienvenida de padrino, Antonio Vázquez como testigo y desorejando al toro del doctorado, “Servilleto”, de Felipe Bartolomé). Participó en cinco temporadas españolas: 1955 (37 novilladas y tres corridas), 1956 (39 corridas), 1957 (20, por ruptura del convenio), 1964 (29) y 1965 (19), lo que da un total de 37 festejos chicos y 110 corridas de toros. De la sinceridad de su entrega dan cuenta seis graves percances, uno de ellos en Madrid, de un pablorromero, en su segunda isidrada (15.05.57) y el último en Bilbao, por un toro de Joaquín Buendía (22.08

Categoria: