Hace 9 años estuvo al borde de la muerte José Tomás

Mensaje de error

Deprecated function: The each() function is deprecated. This message will be suppressed on further calls en _menu_load_objects() (línea 579 de /var/www/html/sitetendidoWork/includes/menu.inc).

Fue un día terrible. Era el 26 de abril y en la plaza de Aguascalientes se debatía entre la vida y la muerte ( ganó la primera ) José Tomás.

El toro " Navegante" al que el torero le dedica un diálogo que ya es historia de la literatura taurina , le infiere la cornada, el torero pierde mucha sangre, los médicos en medio de la tensión intervienen y logran salvar al mítico torero.

Carlos Loret de Mola dice : Estuvo cerca de convertirse en verdugo de José Tomás, el último mesías de los ruedos Sucedió hace nueve años en la plaza mexicana de Aguascalientes El toro ‘Navegante’ corneó gravemente al matador José Tomás lleva grabada a fuego aquella descomunal herida Esta es la historia de lo que pasó después con aquel astado convertido en icono literario.

En la enfermería de la plaza de toros de Aguascalientes, 12 personas atestiguan la muerte de José Tomás. Es 24 de abril de 2010, casi a las siete de la tarde.

Su cuerpo lleva minutos expulsando borbotones de sangre. Hay sangre en las paredes y en los muebles. Salpicó la puerta y chorreó en el pasillo. Hay sangre en las camisas y los pantalones. Los zapatos chapotean desesperados en los charcos del rojo brillante que tiene la sangre cuando recién sale de las arterias. Se impregnan de ella brazos y rostros que tratan de parar la hemorragia metiendo las manos por el boquete que el toro Navegante, quinto de la tarde, acaba de abrir en el muslo izquierdo del torero.

“Como llave de agua abierta”, explica el subalterno Alejandro Prado, quien, frente al toro, soltó el capote y fue el primero que a mano limpia quiso taparle la fuga sobre la carne viva y no dejar que falleciera ahí, en la arena. “Tranquilos, tranquilos”, les dijo el de Galapagar mientras lo levantaban del ruedo.

José Tomás ya casi no tiene sangre. El monitor no registra presión arterial. El corazón late, pero el combustible está por debajo del mínimo. Toda la sangre del torero se puede recoger entre el ruedo, el callejón, el acceso a la enfermería y la cama quirúrgica en la que yace boca arriba, pálido.

Ya son 13 personas. Acaba de entrar el sacerdote. Lleva estola y aceite. Trajo los santos óleos. No se acerca porque no hay espacio y porque los que pelean por la vida de José Tomás Román Martín lo miran con recelo.

Los gritos se confunden con las instrucciones.

Don José estalla en llanto: “¡Se está muriendo mi hijo!”, y se va.

Andrés, el hermano, se queda goteando de sudor propio y sangre que no le es ajena.

El jefe de los servicios médicos, el doctor Carlos Hernández Sánchez, corre y reza en voz alta, sometido por la angustia.

Treinta y siete horas después de la cornada preguntaron a josé tomás cómo se encontraba. “de puta madre”, respondió el ascético espada

El matador Fernando Ochoa, compadre del impasible diestro, quien bajó desde el tendido donde presenciaba la corrida, carga la bolsa de suero y la aprieta fuerte para que entre en contra de la fuga sanguínea.

Desde su barrera, el cardiólogo Juan Carlos Ramírez Ruvalcaba marca su celular y ofrece ayuda. Se la aceptan, pero a la voz de ya.

No hay oxígeno. No han llegado las bolsas de sangre A negativo.

Villalobos y Martínez son dos anestesiólogos que no pueden anestesiar. Lo impide el estado de choque en que se encuentra el paciente.

Conchita y Javier, los enfermeros, y el médico general González Careaga necesitan más manos para colocar las cuatro, cinco mangueras de catéter que exige la emergencia.

Dos médicos están sobre él taponándole a mano el borbotón del muslo. Otro está enfrente mordiéndole las vísceras con pinzas –¡faltan pinzas!– para despejar el camino de la urgente cirugía. La hemorragia no se detiene.

Urge cortarle el traje de luces, pero no encuentran las tijeras. Fernando Ochoa sale corriendo y se topa a El Kiki, amigo de la infancia y heroico escudero del moribundo Quijote. El Kiki entrega las tijeras que sirven para retocar los capotes y muletas cuando se deshilan. Con esas regresa Fernando a la vera de su amigo y cortan a tajos la taleguilla.

Un corte de mayor trascendencia sucede a centímetros de distancia. El líder del grupo, el doctor José Alfredo Ruiz Romero, abre con bisturí 30 centímetros de pierna.

En medio del infierno disfrazado de clínica, los dos hombres que deben mantener la cabeza fría están cumpliendo con su tarea.

Uno es José Tomás, que se halla consciente. Sin cuerpo pero con alma, desprendiéndose de la vida como cuando en el ruedo los pitones parecen imantar su cintura, solo tensa los músculos del rostro y sin alzar la voz confiesa a su entrañable Ochoa: “Me duele mucho la pierna”. Y le aprieta la mano cuando siente las punzadas. José Tomás, máscara de oxígeno sobre un rostro que va volviéndose amarillo, lleva 25 minutos aguantando.

El otro es el doctor Ruiz Romero. No le ha asustado tanta sangre. Había visto más apenas tres años antes, el 15 de febrero de 2007. En aquel “Jueves Negro” de Aguascalientes, un enfrentamiento entre policías y narcotraficantes cambió el rostro de la que solía ser modelo de ciudad pacífica mexicana: cuatro oficiales murieron y otros cuatro resultaron heridos.

Uno de ellos llegó al quirófano del doctor Ruiz Romero, cirujano cardiovascular de hospital de sangre. Un sicario le había disparado con una Cuerno de Chivo. La bala le atravesó el tórax, destrozó el riñón derecho y salió por un enorme orificio en la espalda que seguía vomitando pedazos de hígado.

El policía murió. José Tomás, no.

Tras casi una hora y media de intervención, lograron estabilizarlo, anestesiarlo y trasladarlo dormido en una ambulancia que, a petición de los especialistas, avanzó con precaución y a moderada velocidad por las calles que ya había cerrado la policía para que el convoy no se detuviera. Seguía sangrando en la ruta. Mucho músculo destruido, mucho tejido blando soltando todo.

En ese momento, los doctores supieron que el ídolo “la había brincado”, como se llama en mexicano al fino arte de dar a la muerte el pase del desdén y evitar su fatal embestida.

En el hospital Miguel Hidalgo fueron tres horas adicionales de quirófano, menos trepidantes; y a firmar con su nombre de civiles, no el de superhéroes, un documento que habla de una ruptura de la arteria femoral profunda, en su nacimiento de la arteria femoral común.

Mientras se quitaban las batas y los guantes, el cardiólogo Ramírez Ruvalcaba preguntó a su colega Ruiz Romero, el líder del milagro:

–¿Llegaste a pensar que se iba a morir?

–Las mismas veces que tú.

Por un cuerpo humano de la altura, el peso y la edad de José Tomás Román Martín circulan entre 4,8 y 5 litros de sangre. Cada paquete globular lleva de 240 a 260 mililitros, dependiendo de la calidad de la sangre del donador. Esa tarde-noche fue transfundido al torero el contenido de 18 paquetes globulares. Esto es, entre 4,32 y 4,68 litros. Por tanto, ahora entre el 86,4% y el 97,5% de la sangre de José Tomás es mexicana.

–¿Cómo estás? –preguntaron al ascético espada al entrar al área de terapia intensiva del hospital Hidalgo de Aguascalientes, 37 horas tras la cornada.

–De puta madre –que en ibérico quiere decir “de maravilla”.

José Tomás mueve la pierna para demostrarlo y sonríe burlándose de la muerte. Debe de ser por su sangre mexicana.

José volvió a torear. Pero ¿y Navegante?

SE BUSCA POR TENTATIVA DE HOMICIDIO
Cuatro años más tarde, desde mi ordenador en México tecleo “Navegante” en Google.

Lo primero que arroja la búsqueda es un blog de astronomía. Reporta que Júpiter y la ISS son novios. Así. Literal.

Clic. El Navegante, en Facebook, es una página norteña de noticias. “El alcalde Gerardo Figueroa Zazueta sostuvo que la figura del pez vela forma parte del rescate de la historia de Puerto Peñasco, Sonora”.

Clic. Hay otro Navegante en Facebook. Corre sin previo aviso un vídeo: un hombre camina con lentitud torera en medio de un bosque. No es José Tomás porque lleva pelo largo y lacio, y canta… en inglés.

Clic. Una foto de un barco partido por la mitad, unas olas gigantes estrellándose contra un faro que queda casi sepultado por la espuma, el aviso de un capitán que casi colisiona con otra embarcación. Un blog de marineros, de marineros amarillistas, concluyo.

‘Navegante’ fue bautizado por el ganadero con ese nombre horas antes del sorteo en la plaza de Aguascalientes

Clic. Descubro que El Navegante es como el himno nacional de Tampico, Tamaulipas. Clic. Aparece la sobria definición de Wikipedia. Clic. Una selección de ensayos sobre la vida de Einstein, que ¿es como un navegante? Clic. El Navegante es un establecimiento en Querétaro que asegura tener capacidad para lavar “todo tipo de camiones y maquinaria industrial, con altas presiones de agua, minimizando su consumo por medio de aspersores de presión que giran 360 grados”. Clic. Navegante es una tienda de mariscos en el DF y –clic, ha llegado la hora de rendirse– la receta detallada de la ¡Gelatina Navegante! que, promocionan, sale del refrigerador en bellísimos colores azul cielo, verde y rosa.

Está claro que a la tauromaquia le falta conquistar Internet, posmoderna plaza, porque Navegante, el astado de la ganadería De Santiago que en Aguascalientes, México, 2010, casi mata al torero que para muchos es el mejor del mundo, salta al ruedo muchos, muchos clics adelante.

¿Qué fue de Navegante? Habrá que investigarlo a la antigüita.

EL INCULPADO CAMBIÓ SU IDENTIDAD
Don Pepe Garfias tiene días buenos y días malos de salud. Cuenta que con el frío del invierno en San Luis Potosí, la artritis se recrudece, pero él –ganadero de estirpe– sabe que hay que lidiar con lo que salga de toriles.

Le pregunto por Navegante.

De Santiago sí está en la era digital. Basta a don Pepe un clic para llegar a la hoja de vida:

“El toro nació el 03 de mayo de 2004 en el sur del altiplano potosino en la ganadería De Santiago, de nombre Velador”. Alto. ¿Velador? ¿Navegante se llamaba Velador? Vaya augurio. ¡Y casi tenía seis años!

“Habiendo sido marcado con el número 87 de la letra A que indica el año en que nació, hijo de la vaca 68 de la F del 2000, de nombre Veladora, y del toro 113 de la L de 1999, de nombre Ventilador, siendo de color negro entrepelado que con el tiempo ese color, lo entrepelado, se incrementó un tanto”.

Sigue la ficha: “A los dos años el toro pasó a tienta obteniendo una nota de Bueno. Siempre lo conocimos con un carácter agresivo y arrogante”. No me extraña.

“Navegante fue bautizado por el ganadero con este nombre horas antes del sorteo en la plaza”.

El descendiente de dos líneas puras de Saltillo fue vendido en 43.000 pesos mexicanos, unos 2.300 euros.

Aquella tarde, Rafael Ortega, José Tomás y El Payo se sucedieron en el cartel. Navegante fue el quinto de la lidia, segundo para el sultán de la quietud. Cuando le agujereó el muslo, en medio del pánico público, Ortega le dio muerte. Con un arroyo de sangre delineando la ruta de la emergencia, del ruedo a la enfermería, ya nadie estaba viendo la corrida.

Deduzco que se lo llevaron las mulas de arrastre. ¿Y después? Don Pepe no sabe, pero piensa que quizá lo sepa el empresario de la plaza.

LOS RESTOS DEL HOY OCCISO
Ricardo Sánchez está en Mérida (Yucatán). Le digo que debe encontrar tiempo para estacionar su vehículo frente al parque de la colonia Alemán y entrar al restaurante Colonos donde se rendirá ante los tacos de cochinita, los papadzules y el relleno negro.

Categoria: